sábado, 21 de febrero de 2009

Miedo


Miedo
Fantasma invisible
que forma tormentas que sólo mira el alma
Tormenta fiera
que lo arrasa todo
sin dejar más cimientos
que la nada.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Amo la paz

Amo la paz
La paz que dulce,
se posesiona de mi alma
cuando cierro las puertas
de mi noche profunda
para dejar espacio
solamente...,
a tu cuerpo desnudo
para que sea mi luna
y mis luceros
en la noche más bella de mi vida.

domingo, 15 de febrero de 2009

Esa Luz




Desde siempre vivo aquí. En este foso. Desde que existe el tiempo del tiempo...
Miro todos los días aparecer esa luz cambiar de sitio y luego desaparecer.
Mi mundo es la oscuridad. Cuando la noche llega me llega esa especie de felicidad que representa moverme, andar libremente y buscar los deliciosos sabores de los musgos. Pero después viene esa luz, y con ella, los ruidos de los infiernos que despiertan y están latentes, vueltos murmullos. Con ellos viene el temor, la angustia, las amenazas. Sólo tengo que esperar un día más cada día de todos los días para contar la suerte de que de esa luz nada venga a destruir mi vida.

sábado, 14 de febrero de 2009

el fondo de mis recuerdos


Amo a mis olvidos voluntarios
aquéllos que me llevan a mi túnel del tiempo

Allá
en el profundo fondo de mis recuerdos...

Suelo morir
mas revivo,
siempre revivo
en la cadencia interminable
que se sucede todos los días
todas las vidas.

La luz de la Luna.

Aquella tarde nos quedamos mirando a la Luna gigantesca que aparecía apenas sobre las copas del los árboles. Ambos pensamos que estaba ahí, atrás del árbol de mango, y nos fuimos corriendo para saludarla. No estaba ahí. Se había movido. Ahora estaba sobre la copa del laurel, no era muy lejos, corrimos para hacer un último intento de alcanzarla, darle un beso de luna a nuestra boca.
Los pasos descalzos de Luvia eran veloces, cuando llegamos al Laurel, la luna ya se había movido.

-Corramos rápido -dijo Luvia, antes de que se vaya hacia el cielo-.

Sus pasitos fueron patas de venado y tras ella yo, temiendo perderla de vista entre las hierbas y las raíces salientes de las Ceibas.

Llegamos tarde, la Luna ya se elevaba como globo de gas hacia los cielos.
Nunca nos vio. Jamás supo que íbamos tras ella.
Luvia estaba llorando, quería un beso de Luna.

Tomados de la mano volvimos rumbo al rancho.

Las sombras nos cerraron todos los caminos, todas las veredas.
La noche de la selva se matizó de ruidos, y nuestros pasos de niños entre un mundo arriesgado.

Me ganaron los llantos. La mirada de Luvia era muy preocupante.
Me consolaba.
Me daba ánimos.
Me decía que no tuviera miedo que ella me llevaría a casa.
Le creí. Ella parecía saberlo todo.
Se sabia el camino al río que tomábamos todas las tardes para bañarnos en nuestro recodo preferido. Lo tomaba por diferentes veredas y siempre llegaba.
Yo no tenía más que confiarme en Luvia para andar por la selva.

Su voz de niña me devolvió la confianza. Caminamos mucho rato librando "los capotes" que eran venenosos, los bejucos que enredan en sus tejidos sin orden las patas de los ciervos.
Después de mucho andar sin llegar a ningún lado, nos sentamos en un claro de la selva, juntos a unas peñas hirientes.
Recargamos la espalda sobre una de ellas, la que quedaba frente a la luna.

Luvia empezó a cantar en tzotzil una canción de cuna.
Entre su abrazo, yo, dormitaba a ratos.
Un par de cachorros de coyotes nos encontraron casi dormidos,
se acercaron a nosotros y nos lamieron el cuerpo.

Yo me desperté primero y pegué un grito
Luvia se despertó al sentir que me libraba de sus brazos.

Vio a los jóvenes coyotes y se alegró.

Los llamó como si conociera sus nombres.
Los animalitos se acercaron y se echaron junto a nosotros acompañándonos mutuamente para pasar la noche.

Allá en el pueblo se había despertado la alarma.

Los niños se perdieron.

Armados de linterna nos buscaron por todos los patios de la finca y no nos encontraron.

Se pensaron las peores cosas.

La mamá de Luvia, doña Naty, sugirió a mi madre que le preguntaran a don Laco, el curandero, a ver si veía algo entre el humo del copal.

Mi madre no creía en esas supersticiones, pero la angustia y las faltas de respuestas a todas las búsquedas emprendidas la obligaron a aceptar.

El viejo curandero ya las estaba esperando.

Cuando entraron a su choza de techo de palmas y paredes de otate, él le habló a Naty en tzotzil.

-Ésta no es nuestra hermana -le dijo-.

Doña Naty le respondió que estaba angustiada.

-Se perdieron los niños, aclaró-.


Lo sé -dijo el curandero-,

Echó petróleo sobre su anafre de barro, y luego que el carbón prendió y formó brasas aventó en el centro cinco copales negros y dos blancos
Los copales llenaron de un humo aromático la choza, al grado que era imposible ver y respirar.

Ambas mujeres salieron de la choza y esperaron a fuera, frente a la única puerta, a que don Laco saliera a decirles que había visto.

Don laco nunca salió. Los copales terminaron de humear y la mujeres entraron para preguntarle al curandero qué había visto.

No había nadie dentro.

Allá, en el claro de las peñas, oímos el aullido lastimero de un lobo fugando su llanto entre los vientos frescos de la noche.

Los bracitos de Luvia se estremecieron y me apretaron con más fuerza.

Los pequeños coyotes se incorporaron y empezaron a otear el viento, como si detectaran que algo se acercaba.

Luvia me despertó, yo dormitaba. Entre las sombras de la noche apareció la silueta de un hombre. Nos tomó de la mano, y nos empezó a llevar entre las veredas secretas de la selva. Detrás venían los pequeños cachorros de coyote.

LLegamos junto al río.
La luna, preciosa, bañaba todos los confines del mundo nocturno. Las hojas de los árboles tenían destellos de plata. Los remansos del río, batallando entre las piedras, parecían bucles de ancianos; y las piedras, manzanas amarillo plata.

Allá, sobre las peñas del recodo del río, una pareja de coyotes llamó a sus cachorros, los que, fueron alegres a su encuentro.

El hombre que nos guiaba los miró e hizo un gesto a manera de saludo.
Entre los árboles asomaban las sombras de los fantasmas viejos del monte; los dioses antiguos, los curanderos muertos nos miraban.

Sentí miedo. Iba a llorar, pero la manita fuerte de Luvia presionó a la mía para darme valor.
La volteé a ver y sus enormes ojos morenos me dejaron ver los reflejos acariciantes de la luz de luna que bañaba de hermosura toda la noche.

Pasamos entre los tallos de los árboles. Entre los viejos fantasmas desdentados, de la noche, y seguimos la vereda que Luvia había tomado tantas veces, desde el río, de regreso a las casas de la Finca.
Me volvió a apretar fuerte la mano para que la volteara a ver y me encontré con su rostro lleno de su sonrisa chimuela.


Una sombra humana se apareció ante los ojos de las dos mujeres. Traía a un pequeño en cada mano.
Eramos Luvia y Yo.

Doña Naty se deshacía en agradecimientos.
Tiró de las trenzas a Luvia, le subió el vestidito de algodón y le propinó varias nalgadas sonoras, regañándola en tzotzil.

Le dijo algo al curandero. Luego a mi madre.
Mi madre tomó de su bolsa el monedero y quiso darle unos billetes a don Laco.
El hombre los rechazó.
Doña Naty le dijo que el dinero era una ofensa.
Mañana -le dijo- le traeremos, manteca, maíz, arroz y frijol; alguna carne seca y petróleo. También una botella de aguardiente.
Con eso está bien.

El curandero ya se había metido a su choza. Enredado entre los brazos de su hamaca, dio a entender que ya debían irse de su casa.

Al día siguiente no dejaron salir de su casa de palma a Luvia. Estaba castigada.

Yo fui a verla. Su madre estaba allá en el patio, junto al fogón de piedra y tepetate, cociendo el nixtamal para molerlo al metate al día siguiente.

Acostaba boca abajo sobre un catre de lazo de ixtle, estaba Luvia; cuando me vio le brillaron los ojos. Me acerqué para hablarle en secreto para que su madre no se diera cuenta que me había metido a la casa.

-No me pegaron -le dije-. Mi mamá me abrazó toda la mañana. Por la mañana le mandaron un costal de maíz, una carga de leña y varios sacos de frijol, arroz y azúcar a don Laco. También varias botellas de aguardiente de caña, del "Comiteco"; y tres galones de petróleo diáfano.

Luvia no me escuchaba. Se me quedaba viendo a la cara y me plantó un beso en la boca, como siempre lo hacía. Sentí el roce de sus dientes chimuelo casi cortar mi labio inferior.

Allá en el traspatio, su madre le daba vuelta al nixtamal con la paila de madera mientras cantaba un canto tzotzil.

Luvia me mostró con su mirada, el chicote de membrillo que presidia la única estancia que era todo a la vez, recamara, cocina, comedor...

Luego me dijo: "Cúrame".

Le recorrí rumbo a la cabeza el vestido de una sola pieza con cuidado hasta quitárselo, su cuerpecito se quedó desnudo. Desde la espalda hasta las piernas se notaban marcados como líneas inflamadas y a veces abiertas, los verdugones.
La de sus nalguitas era la parte más lastimada.

Empecé a curarla pasando por sobre sus heridas la punta de mi dedo índice mojado con saliva.
Luvia se retorcía de dolor pero me decía que continuara.

Acompañé la rutina con un canto que Luvia me había enseñado, entre burlas, por mi mala pronunciación en lengua tzotzil. El canto hablaba de una boda en la selva bajo la luz de la luna. A la novia, la luna le había regalado un vestido con hilo de telaraña de color plateado, como el de la luz de la luna.

Su madre, seguía lidiando con el nixtamal y controlando el fuego del fogón de tepetate.
Luvia se quedó dormida sobre el catre. Y mis manos continuaron dibujando, con la punta de su dedo índice bañado en saliva, el cuerpo lastimado de mi compañera de todos mis juegos y aventuras.

lunes, 9 de febrero de 2009

Boda en Mazatán

Lo más absurdo es que hablan como loros
con sus voces agudas
con sus ojos cerrados por el humo,
y en sus manos
las hojas de plátano adquieren forma de paquete
y las tiras de tallo de palma
se vuelven el cordel con que se ligan.

Se habla de todo
se cuenta todo

Están solas las mujeres
los únicos hombres somos niños,
y los que guardan en sus sueños más preciados.

El mole con las tiras de carne de cerdo
entre la masa de maíz reseco
parece noche negra entre la luna

Alrededor de la gigantesca olla de barro
los niños jugamos a "los encantados"
los perros nos miran aburridos
y el calor tropical nos viste de sudores.


Las mujeres
todo se dicen
todo se cuentan
nada se callan.

Los leños lamen la superficie de barro
el tamal suelta su olor a selva

Una botella de aguardiente desatora los penares
y el humo ayuda a disipar los llantos
de algún sueño furtivo
irrealizado.

La noche espera con sus cohetes de vara para buscar al cielo;
En la montaña,
nuestros viejos fantasmas terminan de vestir de fiesta
hoy vendrán por el cielo
como nubes
como vientos
con sus trajes de plumas
y sus huaraches de piel de venado.

¡Cuántos listones!...
¡muchos!
de todos los colores
al sombrero bordados:
son los dioses.

La marimba recrea en sus acentos
la cascada de azul que guarda el monte
las caracolas blancas de los ríos
y los murmullos más secretos de los hombre.

Brisas
playa
río
selva
cielo
nube
lluvia

todo desde maderas de marimba.

Que no acabe la fiesta
de la choza nupcial viene la vieja
con el cántaro roto
y ese paño de seda
de un blanco perfumado
donde queda la huella
de que llega, doncella,
a los brazos del amado.

Mi nueva muerte

Mi nueva muerte está presente ya
es dolorosa
lo presiento
de nada sirvieron mis deseos
de morir pronto
sin dolor alguno:
los deseos jamás se cumplen.

etéreo

dónde...,
todos los caminos parecen los mismos
las paredes huecas y las avenidas largas
llenas de luces que van y vienen

Cómo envidio a aquéllos que siempre tienen a dónde ir
a los que siempre saben adonde van y de dónde vienen;
mientras que yo
soy una especie de viento
sombra
recuerdo
que necesita un pensamiento
para poder vivir.

sábado, 7 de febrero de 2009

En Viernes

Siempre me alejo con esa tristeza extraña
con esas sombras absurdas
que de simples me matan
Con esos minutos vagos
que se pierden a lo lejos
siguiendo mis miradas
por las calles colmadas de gente
pero vacías de ese algo
que con sabor de aventura
me alegre la jornada.

Siempre me alejo colmado de cansancios
los más absurdos siempre son los de los viernes
los viernes lloras
los viernes rezas tu letanía de muertos
por tus muertas pasiones
por tus muertos ayeres.

Siembre los viernes
por las mañanas reservas mis oídos
para que no me escape
en cualquier aventura viernecina
y por la tarde
se te revienta el cántaro tan lleno
de dolores de un olvido
que no acaba de volverse hiel
para tu vida.

Hasta mis aburridas rutinas quieren huir
mas no las dejo
para tener una ayuda
en tardes tan vacías.

Siempre en viernes

sólo en viernes

Librando mis batallas

Mi pequeñez humana ha librado batallas
cotidianas batallas
necesarias batallas
muchas he ganado
más las he perdido;
porque en la arena de los gladiadores
combaten mil campeones
con sus armas dispuestas
y sus músculos fuertes
defendiendo su vida.

Yo tengo mis victorias
sólo algunas
también tengo mis vergüenzas
mis abusos
por luchar con inválidos
a los que he derrotado cada día.
Victorias que no cuentan
ante cuerpos inermes
despojados
de cualquier signo de vida.
Mis victorias con Dioses
nada dan a mi vida.

Mi pequeñez humana
se enfrena a diario
a la batalla real
a por la vida.

Puedo ser mutilado
perecer
y hasta ser despojado
de toda dignidad con ignominia
más esa es la batalla
que me gusta librar
todos los días.

Si me quedara quieto...

Si me quedara quieto
sin moverme
sin morirme
sin emocionarme
sin sentir que estoy vivo
Estaría más vivo
de lo que estoy ahora.

Hoy estoy muerto
Muerto
y aunque espero nacer en estos días
(como a diario lo espero)
Hoy estoy muerto
sigo muerto
muerto
Soñando siempre
en las mismas utopías...
Estar vivo
vivo
de alguna forma vivo.

Los poemas se fugan

Los poemas se fugan por los vientos
se van en las miradas
en los suspiros
Son tan etéreos
tan sutiles
tan elementales
que un cambio de mirar los aniquila

Los poemas son como las nubes
siempre mutantes
y distantes...

Yo nunca hago poesía

Yo nunca hago poesía
Hablo
Canto
Escribo

Esta es mi voz -de El Hombre-
que siempre va conmigo
por caminos de cientas...
mil
preguntas
y tan pocas respuestas
ofrecidas

No.
Yo no hago poesía
sólo miro y cuento
escribo
canto
lo que mi libertad
de ver
decir,
me inspira.

Pensando

Siempre pensando...

Ves
pero tus ojos no me miran

Ríes
pero tu risa tiene visos de locura

Te pones sombría
Y tu rostro se opaca
se apesumbra
Se me parte el pecho
los celos vienen
porque huelo recuerdos
que te roban la vida.

Nadas en mar de ideas y recuerdos

pensando

pensando

pensando...

Marimba

Marimba

Muerte de selva que se lleva en hombros
sobre manos cargadas de armonías
un quejido que se oculta en madera
con corazón de viento y fantasía.

Marimba

Corazón mio que delata
tras los ocultos acordes que respiran
tantas viejas leyendas que se guardan
en su sonar de perlas y semillas



Marimba

Secretos de la Selva
rugido de Jaguar, que se extermina,
fuente de aguas azules
y viento sobre copas de abedules.

Misterioso misterio
que penetra mis internos tan suicidas
que recoge lamentos
de los pueblos que la mezcla
extermina.

Marimba
Fiesta que se vuelca en universo
entre el calor ardiente de los sones
que regalan al hombre,
de mi pueblo, a sus pueblos
el sincero resplandor de su sonrisa.

Marimba.

Cantamos... Gritamos

¡Cantamos... Gritamos!
Aprendimos a cantar
a gritar...
No es canto de odio
No.
No es de odio.

Es un canto que muerde los labios
por haber olvidado la lengua,
nuestra lengua.

Es un canto que vive gimiendo...
Que enardece cualquier alma
y que se repite y se repite
cada día de nuestras vidas

No es un llanto por nacer
No.

Es más bien un llanto por no querer morir...

Es un grito lejano
Ancestral
El del Abuelo esclavo
que se niega a morir
en nuestros genes.

jueves, 5 de febrero de 2009

Mi Nahual

-Todos tenemos un Nahual
-dicen los indios-.

Nosotros
los que tenemos un pedazo de alma de indio
también tenemos un Nahual

Mi Nahual me miró la noche de luna en que nací.

Alrededor de la choza de otate donde mi madre me parió
dejó la huella de su pata
sobre la línea de ceniza que rodeaba la casa.

Desde entonces me esperó todas la noches de luna,
a que creciera
a que saliera a buscarlo por las noches.

El día que Luvia y Yo nadamos desnudos por primera vez en la noche
Esa noche de luna en que ella se hizo mujer adulta y yo hombre
Mi Nahual nos vio
Con su lengua de Lobo lamió la sangre de mi primer mujer
y luego se marchó por los montes,
Aullando
Festejando con la luna
porque Yo...
Me había hecho hombre.


Escolástico Pérez
El Curandero
me dijo que las mujeres son sabias
que siempre había que escucharlas

-¿Luvia es sabia -le dije-?,

-Muy sabia -me dijo-,

Desde entonces le puse atención a todas las palabras de su boca.

-Tu Nahual te espera -dijo la Luna-.
La nube negra que pasó por su mejillas
me condujo hasta el pie de la montaña

Ahí estaba mi Nahual
con su pelo plateado
y sus ojos color de agua marina.

Los seguí por el río
hasta la piedra circular de la laguna.

Envuelto en la noche
mi desnudez temprana se hizo piel de viejo
se derritió en mis plantas
y un pelambre plateado
me recubrió completo

Mi Nahual me esperaba

Corrimos entre rocas,
entre peñas inquietas,
a la luz de la Luna
a la sombra de pinos.

Mi Nahual vio a su hembra.

Apareado en la noche,
entre aullidos de locura
mientras yo los miraba
sobre la nieve pura.

Nos fuimos los tres
retozando en los montes
Los olores hablaban...

Hasta el cerro lejano
me llegó el perfume de Luvia.

Me llegó su sollozo
como ruido de lluvia.

-¿Por qué llora?
-pregunté a mi Nahual-,

-Las mujeres son sabias
son madres, como tierra-,
Ella sabe su llanto
Ella sabe qué espera.

Tras mis ojos rasgados
la Luna se me cuela
Larga noche jugamos
sin temor ni cautela
Casi, ya, de mañana
regresamos al río
sobre la piedra blanca
un lamento nos dimos...
Cargado de tristeza
entre quejidos dijo
por qué Luvia lloraba.

-No es para ti,
con desgano
-me dijo.

Es demasiado tuya
son la flor y el pistilo;
la vida es una afrenta
donde se lucha, al filo

Si se juntan sus almas
serán un paraíso
No contarán las horas
en su amor enfermizo.

Colocado en la piedra
mi envoltura corpórea
me cubrió todo el cuerpo
Con sus rayos lejanos
la mañana se asoma
destellando a lo lejos

Sola queda la luna
se han ido los luceros
con mis ojos de hombre
vuelvo a mirar lo cerros

Mi Nahual aún me espera
cuando empiezan mis pasos
el deja la pradera
y se pierde en los montes
por entre las laderas.

***
Las canas me han crecido
y mi pasado flaco
lo miro desde lejos...

¡Cuánto tiempo se ha ido
andando siempre lejos!

Me ha nacido retoños
tras retoños nacidos;
de mi temprano otoño
con ternura los miro

Cuánto tiempo se ha ido...

Los nahuales se han muerto
y lo que no, se han ido
les quedan pocos cerros
su mundo es perseguido.

Las ruidosas ciudades
con sus espacios fríos
sólo alojan la ratas
que buscan desperdicios

Para mis soledades
sólo navego en libros
y entre libros y cuerdas
me combato el hastío.

Dicen...

Qué todos los Indios tienen un hermano Nahual

Yo lo tuve
y lo dejé perdido en mi pasado.

Quizá...

Los Nahuales no han muerto
sólo están olvidados
en esa muerte nuestra
que nos tiene ocupados...

Luz y Sombra

La Luz es temporal;
Las Sombras son el siempre
que jamás se vence
y que al final
vencerá
Cuando todas las luces se hayan enfriado

Para ese entonces
Ambas
Luz y Sombra
Serán un concepto inútil
y olvidado.

domingo, 1 de febrero de 2009

La Tortilla

Seis mujeres rodean el círculo de barro sobre el fuego
aplauden entre masa a la tortilla
hay un arte en el hacer bella la orilla
y otro arte acariciante todo el centro

El fuego lengüetea
desde troncos de encino derretido
besa tiznando el barro
donde lenta se abomba la tortilla.

Seis mujeres descalzas y en cuclillas
con sus manos morenas
en concierto con barro
con sus manos de magia
celebran la tortilla.

Afuera el viento revienta escandaloso
con sus ondas de viento
bajo el trópico ardiente que vigila.

Tras la choza de varas,
viejas, secas;
de viejas, amarillas...,
se da el ceremonial simple y eterno,
de infierno hace el comal: "ciclo de vida"
con su muerte nos nace...
la tortilla.

Los dos Cristos

Es tu rostro un dolor cada minuto
frente a la urna que guarda cada peso
imposible entre sangre dar un beso
al labio sin sangrar tan diminuto

No me hieres señor con tu suplicio
pues conozco el porqué de tu amargura
no es del pobre el dolor que te perdura
sino el del poseedor de tu silicio.

Otro es el del poder, otra figura
la que de oro se posa ante la frente
la que ciñe los cetros y perdura
al lado del poder sobre la gente
la que bebe con reyes en su holgura
pisoteando el dolor hasta la muerte.