lunes, 13 de octubre de 2014

el comercio convencionalizó que un poeta o escritor debe ser vendedor de libros

domingo, 14 de septiembre de 2014

el abandono y la soledad afectan a los vivos
ellos lo miran y murmuran
esa tumba está abandonada
-critican-
pero el difunto no sufre
en la muerte nada de eso se siente
se está muerto
se esta muerto y no hay forma de sentir ni de pensar
se está muerto para todas las cosas

jueves, 11 de septiembre de 2014

ego

viene la mirada
la mente vacía bebe la esencia

¡pusilánime!

 solo importa la miel
y su olor que alimenta 
al ego insaciable

viernes, 19 de julio de 2013

estás ahí

tú estás ahí
como otro sol
como otra luna
como otro cuerpo que me mira
y yo
creo existir
basado en tu existencia

miércoles, 17 de julio de 2013

cuatro días

"SE ACEN LIMPIAS CON Y GÜEBOS DE GAYINA"
SE ACEN AMARRES Y DESAMARRES
SE CURA A LOS NIÑOS DE ESPANTO Y DE OJO.

La casa estaba llena de gente, apestaba a ocote y a copal. Había gente hasta afuera de la casa, llegaba a la mitad del callejón sin pavimento, lleno de lodo por las lluvias. Unos perros flacos merodeaban por ahí, escogiendo entre desempeñarse como guardianes de la casa o mendigos zalameros para ver si algún enfermo les regalaba uno bocado para esa hambre crónica que padecían. 

Tiempo de lluvias, sí, alrededor del caserío prevalecía la bruma que daba a todo el ambiente un aspecto plomizo y tierno a la vez. A lo lejos, los sembradíos de maíz lucían su brillante color esmeralda ante la vista. Al borde de los caminos el pasto, desordenado, dejaba ver sus largas hojas suicidas, atrayendo hacia sí las voraces trompas de las vacas. Uno que otro chiquillo moquiento y malvestido se asomaba por entre las hojas de tabla de las casas de madera de una sola habitación. La dama pobreza, soberana de ese paupérrimo reino olvidado se podía percibir por doquier, a diestra y siniestra. Esto está muy lejos de los caminos modernos, la última carretera pavimentada quedó atrás hace tres horas. Esto es la Sierra Madre de Chiapas, de aquí hay que conducir con mucho cuidado, todo es barro rojo, resbaladizo, en pendiente hacia las profundas cañadas. La lejanía se viste de verde y azul indistintamente. Es tiempo de lluvias, las nubes han descendido hasta las laderas de la montaña, se han vuelto velo, se pueden inhalar y exhalar sin que desaparezcan, como si estuviéramos fumando. Aquí la gente tiene miedo de ver salir el vapor blanco como el humo de sus fosas nasales, no les gusta, creen que es el alma lo que sale poquito a poquito, como vaporcito se va la vida -dicen.

La cola es larga, parece que jamás les tocará su turno. Sin embargo tienen calma, ellas esperan como todas las demás mujeres, la mayoría son mujeres. Horas de espera hasta que al fin están frente a la puerta. Ahí está el hombre que cura, lo pueden ver, lo pueden escuchar. Lo pueden escuchar pero no comprenden lo que dice, él habla en la lengua indígena de la zona, es indígena. Miran todo lo que hace. Cierra los ojos y soba con ambas manos, una tras otra, la cabeza de su paciente. Dice unas cosas y la mujer contesta prontamente. Le dice qué hacer y ella obedece. Ahí dentro el ambiente esta lleno de humo. Hay un brasero encendido, es de barro, es grande y ancho como la rueda de un automóvil. El hombre toma unas ramas y sacude las ropas de la mujer, tiembla cuando lo hace, musita palabras extrañas, incomprensibles en su lenguaje. Toma un líquido de una escudilla o algo que se le parece, es de un material café, jícara le dicen por estos rumbos.  Ahora está cantando algo en la lengua, infla los pulmones y toma un buche del líquido, sopla, esparce sobre el rostro primero y luego sobre el cuerpo de la mujer el líquido pulverizado. Levanta un incensario y usando el humo a manera de trapo hace como si diera un pulido final a la enferma. Ha concluido. La mujer anciana que va con ella, que está con ella allí dentro la ayuda a incorporarse, salen. Las dos mujeres están temerosas, no saben qué hacer, tiene un poco de miedo. El curandero las apremia vociferando algo en su lengua. Una mujer anciana que habla un poco el español les dice que pasen, que el tata no tiene tanto tiempo, que les dice que se apuren. Las mujeres se animan y entran. El hombre les indica que se acomoden frente a él. Hay un tronco que hace las veces de banca, luego en banca luego camilla para los que llegan muy enfermos. Las mira, pone sus manos viejas frente a sus rostros y cierra los ojos, espera un segundo y luego habla. Se dirige a la mujer sana que ha ido a acompañar a su amiga enferma, está alarmado aquel hombre, la mira con pesar y le habla con un tono caritativo. Le dice con señas que se levante. La mujer está confundida, ella no es la enferma, descubre para sus adentros que están en la choza de un curandero charlatán, se ha equivocado de persona, piensa. El hombre hace una oración extraña a unos ídolos que están en eso que parece un altar. Una vez que ha hecho eso, se dirige a la otra mujer, destapa un frasco que contiene un contenido verdozo y le indica que lo beba. Ella lo hace, siente muchos ascos, le dan ganas de vomitar, siente tanto asco que le aparece  un dolor extraño que le jala como si fuera un calambre todos los músculos de la espalda desde el cuello hasta los talones. El hombre les indica que salgan, que ya se pueden ir. Luego le indica algo a la mujer que masculla el español, y esta las ayuda a alcanzar el patio trasero de la casa, la mujer que llevó hasta ahí a su amiga le da unas bolsas con frijoles, azúcar y café, y otras cosas que les dijeron que el hombre recibía como pago por sus curaciones; también le da dinero pero la mujer le dice que el tata no recibe dineros. Ella vuelve después de dejar las cosas en la entrada del cuarto del curandero que ya está con otra mujer. Las acompaña unos pasos para mostrarles una veredita que sale del traspatio rumbo al camino de barro que las devuelve por donde llegaron. Antes de despedirse de ellas aquella mujer abraza a la acompañante de la enferma y le dice que qué lastima que no la pudieron curar. Les explica que el tata le dijo que morirá en cuatro días para que arregle todas sus cosas,  que no podía hacer nada, que ese era su destino. Y que, la otra, pronto estará bien.   

Están molestas. "Tanta pinche chinga para venir a ver a este pinche viejo, y para nada". 
Las dos maldicen a la Rufina, la muchacha que trabaja como empleada domestica en la casa de la que acompañó a su amiga, y que les dijo que este curandero era muy bueno, una maravilla. 

-¡Ay manita! Pues la lucha se le hizo. Pero tu cáncer es mortal por no haberlo atendido a tiempo. Ahora a aprovechar lo poco que te queda de vida, como dijo el médico. 

A la amiga la han desahuciado. Con todo y eso, como pudo, la ha traído hasta aquí pare ver si ese hombre le hacía el milagro. 

Acomoda a su amiga en la camioneta 4x4 y empieza a tomar el camino de regreso. Se siente muy triste, ella, la enferma, es su mejor amiga, su única amiga, la amiga de toda su vida 

-Hazme el puto favor... decirme ese pendejo que me voy a morir en cuatro días... si la que estás enferma eres tú, y de ti no dijo nada. 

Se detienen muchas veces en el camino, la mujer enferma sigue vomitando ese líquido verde apestoso. Al fin toman la carretera y de ahí hasta el poblado más cercano. Llegan cuando está anocheciendo, buscan un hotel para pasar la noche y emprender el regreso a la ciudad al día siguiente. Durante toda la noche la mujer enferma ha estado vomitando. Al filo del amanecer su estomago por fin descansa, duerme al fin. 
A la mañana siguiente mandan a traer comida a la habitación y deciden pasar ahí ese día para que se reponga un poco. La mujer sana siente un poco de culpa por haberla llevado hasta ahí en las condiciones de salud tan precarias en las que se encuentra. 

***

Ellas se cuentan todo. Las amigas están asombradas. 

-Se veía tan sana -dicen-. ¿Pero estás segura de que ella no comió nada?

- No nada. A la única que le dio esa porquería de bebedizo fue a mí. 

-Quizá murió del coraje que hizo.

-No. El médico dice que fue de causa natural, que no tenía nada malo, ninguna enfermedad, nada. 
Que solo se murió y ya.

-Y tú, ¿cómo te sientes?

-Bien, me he sentido bien en estos últimos días. Me he sentido mucho mejor, con más fuerza, a lo mejor es cierto lo que dijo el viejo aquel, que yo voy a estar bien. Dijo que ella era la que se iba a morir, y mira, ahí está sepultada.

A lo mejor lo mío también sale cierto...

sábado, 26 de mayo de 2012

la mosca

Abrí la ventana, preso del calor, para dejar que el viento fresco o tibio se enseñorease de mi casa.

Ahí, frente a mí, mirándome con sus enormes ojos cafés, delante de sus alas con apariencia del papel celofán, estaba la mosca.
La vi y me vio.

Me pregunté si tendría algún nombre...
Entre los millones de moscas que hay en el mundo... ¿Quién sería ésta?

Ella me miraba atenta, seguramente se preguntaba lo  mismo:
Entre los millones de humanos, estaba precisamente frente a éste, o sea, Yo.

Luego, mostrándose más práctica que filosófica, me lanzó su desafío:
voló zumbando y zigzagueando, y se posó en mi antebrazo.

Reaccioné tomando lo primero que encontré a la mano para surcar con  ello el aire, con tajos asesinos.
Como casi siempre lo hacen las moscas, los evadió y se internó en la casa buscando sombras, quizá.

Yo dejé de pensar en ella.
¿Quién se ocupa de lo que haga una cochina mosca?

No sé, ni supongo lo que haya pensado ella de mí.
Poco debe importarle a cualquier mosca regresar a ver lo que hace cualquier humano.

sábado, 19 de mayo de 2012

Las dos lenguas


I
Conchita Tseck y yo, acurrucados sobre al tierra, mirábamos por entre las varas del jacal cómo su hermana mayor paría a su primer hijo. Algo quise decir y ella me calló sellando sus propios labios con su dedo índice.
Allá dentro, la Vieja Sarah Peckt lavaba en una vasija al recién nacido, mientras las demás ancianas hacían lo mismo con María Asunción. Concha me tomó de la mano y me jaló rumbo al brocal del pozo. Ahí, pensativa, desvió su infantil mirada hacia mí. Viste –me dijo-, -eso hacemos las mujeres: tener los hijos.
Ya sé cómo se hace.
II

El viejo Joaquín Tejh era “Soplador”. Todos los males de la selva huían del soplido de su boca. Soplaba con agua y con alcohol según fuera el demonio que desterraba de los cuerpos de los indígenas. Soplaba al cielo nublado cuando la lluvia ya había anegado en exceso las veredas de la selva, y el cielo se despejaba un poco más tarde.
Una vez, cuando yo aún no cumplía los diez años,  entré a su choza y vi un enorme altar lleno compuesto por  dioses cristianos e indígenas. Le pregunté en la lengua de los niños, para qué servía tener Dios. Él, como casi todos los del rumbo,  no hablaba bien las dos lenguas, más el Tostsil que la “Castilla”. Usando un poco de ambas me respondió: “Para saber por qué sufre el hombre”.
Nos quedamos mirando el crucifijo ahumando que presidía su altar. Yo vi al Hijo de Dios sacrificado por nuestras culpas, como enseñaba el hermano de mi abuela, que era el cura del pueblo; y él vio al Dios que vino a enseñarle cómo se debe sufrir en esta vida, “por puro gusto” (decía), y no como la misma vida le había enseñado a sufrir siempre, sobre todo por ser indio, a toda su familia, durante tantas generaciones.

III
Las dos lenguas
Cuando cumplí los cinco años, mi familia y yo fuimos a vivir al rancho del abuelo.
Adán, Concepción, Luvia, y Guillermo (casi todos de mi edad) fueron mis nuevos amigos. Ninguno de ellos hablaba español, decían escasas palabras; se entendían entre ellos en la lengua nativa de sus padres. 
Nos volvimos un mismo paisaje con las hierbas del campo. En poco tiempo aprendí a decir y entender casi todo lo que ellos dominaban de su lengua materna. Cuando mi abuela me escuchó hablar en su idioma preguntó que quién me había enseñado. No le supe explicar nada. Le respondí con muchas risas, como lo hacían mis amigos de la infancia cuando no entendían lo que les decían, en la “otra lengua”.
IV

Las otras lenguas
No lo sabía, apenas recuerdo. El Cenzontle, la Naullaca, el Perro y los Monos, y otros animales  hablan su propio idioma. Habla el agua y habla el viento. El agua, como no tiene lengua, usa a las rocas, a la tierra; y el viento usa a las hojas de los árboles, las peñas de los riscos, las varas secas, los picos de las aves, los troncos de los árboles, el cuerpo del bambú y la lengua de los hombres. No hay silencio en la selva. Todo canta, todo murmura. Luego la lluvia habla con voz de palma seca desde el techo de las chozas.
Decía el viejo Joaquín Tejh que los dioses y los muertos hablan con voz de flama desde las mechas humeantes de las velas de cebo, desde el leño de ocote. Todo se anuncia a tiempo para no perturbar el camino de los otros. Sólo hay que saber escuchar y entender lo que dicen para llegar a viejo entre todo el universo verde.


lunes, 30 de abril de 2012

nombre

Para ser alguien
                                para oír y responder
para las listas
los pasaportes.

Para mirar por las calles lluvia sintiendo desde el yo.

                                                     
                               Para recibir esos besos tuyos

para escuchar que te llaman entre mares de caricias en la piel desnuda

                                                                y responder con gemidos ardiendo con amor de boca.


Para saber a quién se olvida

             a quién se recuerda

                    a quién se llora

nos volvemos nombre
además de rostro:

Nombre
                              además de rostro.
Los hombres

 la palabra
                     el amor
                                             los mitos


Las preguntas:

vaguedad de respuestas
                             
                                  martirio vuelto cansancio.

La espera termina

                                como un vuelo de paloma que cae al adoquín
                                                      atraída por un grano de mostaza.

Las alas esperan noticias del viento
no se piensa en morir.



miércoles, 21 de marzo de 2012


Cuando no sé de ti
Me vienen alas
Pasos
Ansias

Quiero oler los rumbos de la primavera
Desvelar los aromas de luna
Los puertos del verano
que cobijan tu cuerpo

Al misterioso incienso que se fuga
entre nubes fantasmas
Preguntarle por ti
Por su hermana misterio
La que se vuelve bruma
La que marcha sin huella
La que se evade, blanca,
entre mi noche oscura

Eso pasa
Cuando imagino
que alguna vez te vi
que alguna vez
vino el amor por mí.

martes, 6 de marzo de 2012

vaticano