miércoles, 17 de julio de 2013

cuatro días

"SE ACEN LIMPIAS CON Y GÜEBOS DE GAYINA"
SE ACEN AMARRES Y DESAMARRES
SE CURA A LOS NIÑOS DE ESPANTO Y DE OJO.

La casa estaba llena de gente, apestaba a ocote y a copal. Había gente hasta afuera de la casa, llegaba a la mitad del callejón sin pavimento, lleno de lodo por las lluvias. Unos perros flacos merodeaban por ahí, escogiendo entre desempeñarse como guardianes de la casa o mendigos zalameros para ver si algún enfermo les regalaba uno bocado para esa hambre crónica que padecían. 

Tiempo de lluvias, sí, alrededor del caserío prevalecía la bruma que daba a todo el ambiente un aspecto plomizo y tierno a la vez. A lo lejos, los sembradíos de maíz lucían su brillante color esmeralda ante la vista. Al borde de los caminos el pasto, desordenado, dejaba ver sus largas hojas suicidas, atrayendo hacia sí las voraces trompas de las vacas. Uno que otro chiquillo moquiento y malvestido se asomaba por entre las hojas de tabla de las casas de madera de una sola habitación. La dama pobreza, soberana de ese paupérrimo reino olvidado se podía percibir por doquier, a diestra y siniestra. Esto está muy lejos de los caminos modernos, la última carretera pavimentada quedó atrás hace tres horas. Esto es la Sierra Madre de Chiapas, de aquí hay que conducir con mucho cuidado, todo es barro rojo, resbaladizo, en pendiente hacia las profundas cañadas. La lejanía se viste de verde y azul indistintamente. Es tiempo de lluvias, las nubes han descendido hasta las laderas de la montaña, se han vuelto velo, se pueden inhalar y exhalar sin que desaparezcan, como si estuviéramos fumando. Aquí la gente tiene miedo de ver salir el vapor blanco como el humo de sus fosas nasales, no les gusta, creen que es el alma lo que sale poquito a poquito, como vaporcito se va la vida -dicen.

La cola es larga, parece que jamás les tocará su turno. Sin embargo tienen calma, ellas esperan como todas las demás mujeres, la mayoría son mujeres. Horas de espera hasta que al fin están frente a la puerta. Ahí está el hombre que cura, lo pueden ver, lo pueden escuchar. Lo pueden escuchar pero no comprenden lo que dice, él habla en la lengua indígena de la zona, es indígena. Miran todo lo que hace. Cierra los ojos y soba con ambas manos, una tras otra, la cabeza de su paciente. Dice unas cosas y la mujer contesta prontamente. Le dice qué hacer y ella obedece. Ahí dentro el ambiente esta lleno de humo. Hay un brasero encendido, es de barro, es grande y ancho como la rueda de un automóvil. El hombre toma unas ramas y sacude las ropas de la mujer, tiembla cuando lo hace, musita palabras extrañas, incomprensibles en su lenguaje. Toma un líquido de una escudilla o algo que se le parece, es de un material café, jícara le dicen por estos rumbos.  Ahora está cantando algo en la lengua, infla los pulmones y toma un buche del líquido, sopla, esparce sobre el rostro primero y luego sobre el cuerpo de la mujer el líquido pulverizado. Levanta un incensario y usando el humo a manera de trapo hace como si diera un pulido final a la enferma. Ha concluido. La mujer anciana que va con ella, que está con ella allí dentro la ayuda a incorporarse, salen. Las dos mujeres están temerosas, no saben qué hacer, tiene un poco de miedo. El curandero las apremia vociferando algo en su lengua. Una mujer anciana que habla un poco el español les dice que pasen, que el tata no tiene tanto tiempo, que les dice que se apuren. Las mujeres se animan y entran. El hombre les indica que se acomoden frente a él. Hay un tronco que hace las veces de banca, luego en banca luego camilla para los que llegan muy enfermos. Las mira, pone sus manos viejas frente a sus rostros y cierra los ojos, espera un segundo y luego habla. Se dirige a la mujer sana que ha ido a acompañar a su amiga enferma, está alarmado aquel hombre, la mira con pesar y le habla con un tono caritativo. Le dice con señas que se levante. La mujer está confundida, ella no es la enferma, descubre para sus adentros que están en la choza de un curandero charlatán, se ha equivocado de persona, piensa. El hombre hace una oración extraña a unos ídolos que están en eso que parece un altar. Una vez que ha hecho eso, se dirige a la otra mujer, destapa un frasco que contiene un contenido verdozo y le indica que lo beba. Ella lo hace, siente muchos ascos, le dan ganas de vomitar, siente tanto asco que le aparece  un dolor extraño que le jala como si fuera un calambre todos los músculos de la espalda desde el cuello hasta los talones. El hombre les indica que salgan, que ya se pueden ir. Luego le indica algo a la mujer que masculla el español, y esta las ayuda a alcanzar el patio trasero de la casa, la mujer que llevó hasta ahí a su amiga le da unas bolsas con frijoles, azúcar y café, y otras cosas que les dijeron que el hombre recibía como pago por sus curaciones; también le da dinero pero la mujer le dice que el tata no recibe dineros. Ella vuelve después de dejar las cosas en la entrada del cuarto del curandero que ya está con otra mujer. Las acompaña unos pasos para mostrarles una veredita que sale del traspatio rumbo al camino de barro que las devuelve por donde llegaron. Antes de despedirse de ellas aquella mujer abraza a la acompañante de la enferma y le dice que qué lastima que no la pudieron curar. Les explica que el tata le dijo que morirá en cuatro días para que arregle todas sus cosas,  que no podía hacer nada, que ese era su destino. Y que, la otra, pronto estará bien.   

Están molestas. "Tanta pinche chinga para venir a ver a este pinche viejo, y para nada". 
Las dos maldicen a la Rufina, la muchacha que trabaja como empleada domestica en la casa de la que acompañó a su amiga, y que les dijo que este curandero era muy bueno, una maravilla. 

-¡Ay manita! Pues la lucha se le hizo. Pero tu cáncer es mortal por no haberlo atendido a tiempo. Ahora a aprovechar lo poco que te queda de vida, como dijo el médico. 

A la amiga la han desahuciado. Con todo y eso, como pudo, la ha traído hasta aquí pare ver si ese hombre le hacía el milagro. 

Acomoda a su amiga en la camioneta 4x4 y empieza a tomar el camino de regreso. Se siente muy triste, ella, la enferma, es su mejor amiga, su única amiga, la amiga de toda su vida 

-Hazme el puto favor... decirme ese pendejo que me voy a morir en cuatro días... si la que estás enferma eres tú, y de ti no dijo nada. 

Se detienen muchas veces en el camino, la mujer enferma sigue vomitando ese líquido verde apestoso. Al fin toman la carretera y de ahí hasta el poblado más cercano. Llegan cuando está anocheciendo, buscan un hotel para pasar la noche y emprender el regreso a la ciudad al día siguiente. Durante toda la noche la mujer enferma ha estado vomitando. Al filo del amanecer su estomago por fin descansa, duerme al fin. 
A la mañana siguiente mandan a traer comida a la habitación y deciden pasar ahí ese día para que se reponga un poco. La mujer sana siente un poco de culpa por haberla llevado hasta ahí en las condiciones de salud tan precarias en las que se encuentra. 

***

Ellas se cuentan todo. Las amigas están asombradas. 

-Se veía tan sana -dicen-. ¿Pero estás segura de que ella no comió nada?

- No nada. A la única que le dio esa porquería de bebedizo fue a mí. 

-Quizá murió del coraje que hizo.

-No. El médico dice que fue de causa natural, que no tenía nada malo, ninguna enfermedad, nada. 
Que solo se murió y ya.

-Y tú, ¿cómo te sientes?

-Bien, me he sentido bien en estos últimos días. Me he sentido mucho mejor, con más fuerza, a lo mejor es cierto lo que dijo el viejo aquel, que yo voy a estar bien. Dijo que ella era la que se iba a morir, y mira, ahí está sepultada.

A lo mejor lo mío también sale cierto...