sábado, 19 de mayo de 2012

Las dos lenguas


I
Conchita Tseck y yo, acurrucados sobre al tierra, mirábamos por entre las varas del jacal cómo su hermana mayor paría a su primer hijo. Algo quise decir y ella me calló sellando sus propios labios con su dedo índice.
Allá dentro, la Vieja Sarah Peckt lavaba en una vasija al recién nacido, mientras las demás ancianas hacían lo mismo con María Asunción. Concha me tomó de la mano y me jaló rumbo al brocal del pozo. Ahí, pensativa, desvió su infantil mirada hacia mí. Viste –me dijo-, -eso hacemos las mujeres: tener los hijos.
Ya sé cómo se hace.
II

El viejo Joaquín Tejh era “Soplador”. Todos los males de la selva huían del soplido de su boca. Soplaba con agua y con alcohol según fuera el demonio que desterraba de los cuerpos de los indígenas. Soplaba al cielo nublado cuando la lluvia ya había anegado en exceso las veredas de la selva, y el cielo se despejaba un poco más tarde.
Una vez, cuando yo aún no cumplía los diez años,  entré a su choza y vi un enorme altar lleno compuesto por  dioses cristianos e indígenas. Le pregunté en la lengua de los niños, para qué servía tener Dios. Él, como casi todos los del rumbo,  no hablaba bien las dos lenguas, más el Tostsil que la “Castilla”. Usando un poco de ambas me respondió: “Para saber por qué sufre el hombre”.
Nos quedamos mirando el crucifijo ahumando que presidía su altar. Yo vi al Hijo de Dios sacrificado por nuestras culpas, como enseñaba el hermano de mi abuela, que era el cura del pueblo; y él vio al Dios que vino a enseñarle cómo se debe sufrir en esta vida, “por puro gusto” (decía), y no como la misma vida le había enseñado a sufrir siempre, sobre todo por ser indio, a toda su familia, durante tantas generaciones.

III
Las dos lenguas
Cuando cumplí los cinco años, mi familia y yo fuimos a vivir al rancho del abuelo.
Adán, Concepción, Luvia, y Guillermo (casi todos de mi edad) fueron mis nuevos amigos. Ninguno de ellos hablaba español, decían escasas palabras; se entendían entre ellos en la lengua nativa de sus padres. 
Nos volvimos un mismo paisaje con las hierbas del campo. En poco tiempo aprendí a decir y entender casi todo lo que ellos dominaban de su lengua materna. Cuando mi abuela me escuchó hablar en su idioma preguntó que quién me había enseñado. No le supe explicar nada. Le respondí con muchas risas, como lo hacían mis amigos de la infancia cuando no entendían lo que les decían, en la “otra lengua”.
IV

Las otras lenguas
No lo sabía, apenas recuerdo. El Cenzontle, la Naullaca, el Perro y los Monos, y otros animales  hablan su propio idioma. Habla el agua y habla el viento. El agua, como no tiene lengua, usa a las rocas, a la tierra; y el viento usa a las hojas de los árboles, las peñas de los riscos, las varas secas, los picos de las aves, los troncos de los árboles, el cuerpo del bambú y la lengua de los hombres. No hay silencio en la selva. Todo canta, todo murmura. Luego la lluvia habla con voz de palma seca desde el techo de las chozas.
Decía el viejo Joaquín Tejh que los dioses y los muertos hablan con voz de flama desde las mechas humeantes de las velas de cebo, desde el leño de ocote. Todo se anuncia a tiempo para no perturbar el camino de los otros. Sólo hay que saber escuchar y entender lo que dicen para llegar a viejo entre todo el universo verde.