sábado, 26 de mayo de 2012

la mosca

Abrí la ventana, preso del calor, para dejar que el viento fresco o tibio se enseñorease de mi casa.

Ahí, frente a mí, mirándome con sus enormes ojos cafés, delante de sus alas con apariencia del papel celofán, estaba la mosca.
La vi y me vio.

Me pregunté si tendría algún nombre...
Entre los millones de moscas que hay en el mundo... ¿Quién sería ésta?

Ella me miraba atenta, seguramente se preguntaba lo  mismo:
Entre los millones de humanos, estaba precisamente frente a éste, o sea, Yo.

Luego, mostrándose más práctica que filosófica, me lanzó su desafío:
voló zumbando y zigzagueando, y se posó en mi antebrazo.

Reaccioné tomando lo primero que encontré a la mano para surcar con  ello el aire, con tajos asesinos.
Como casi siempre lo hacen las moscas, los evadió y se internó en la casa buscando sombras, quizá.

Yo dejé de pensar en ella.
¿Quién se ocupa de lo que haga una cochina mosca?

No sé, ni supongo lo que haya pensado ella de mí.
Poco debe importarle a cualquier mosca regresar a ver lo que hace cualquier humano.