domingo, 14 de noviembre de 2010

He vuelto, sí...
veo mis manos tan atadas a mis brazos
ocupadas en juntar palabras a propósito; y me digo:
he vuelto, sí:
he vuelto.

Cuesta volver.
Los pensamientos son como un vuelo de gaviota
a los que el viento puede llevar a cualquier sitio
si no se tiene nada parecido
a esa hoja de ruta que vive en los recuerdos.

Y ahora que vuelvo...
como cascada se contienen los recuerdos
¡Tantos hay!
Desde aquél que viene por la noche
entre la voz cansada de la abuela
leyendo cuentos
los que tanto le gustan
y que lee siempre de una manera distinta.

Luego...
la transformación
de ese rostro precediendo a la cola de caballo
que ha dejado de mirar
con mirada de niña
para mirar extraño
como si la vista fuera un viaje
que se fuga del planeta
y se refugia en la luna
con sabor a nieve de leche azucarada.

En ese mi he vuelto
me surgen tantas ideas nuevas y viejas
aglomeradas como un palpitar que espera para tomar su turno en el pecho
y producir su línea
en la página blanca
que se presta para todos los encantamientos cotidianos.

Espera también la nota del viaje.
El callejón oscuro por donde se sumerge el alma
más allá de los recuerdos
rumbo a esas aguas plateadas
de singular espuma
y transparente oleaje.
Entre el ir y el venir de los latidos que quedan
reuniendo entre mi yo
todas las puertas disponibles
en el breve universo que se bebe mis pasos
y no deja hueco ni un segundo
ni un microsegundo.

La única ventaja del volver
no es por mí
es por ti.
Vuelvo para tus ojos,
tus oidos...
para tu lecho y para tu pecho.
Para ver tu sonrisa
y que el volver se convierta en un milagro
que conjure lo eterno
y empalague el besar de cada día.

He vuelto. Sí.
Se posterga mi viaje.