sábado, 19 de diciembre de 2009

Pensando el Girasoles

En la ciudad hace frío, cala los huesos. Se antoja un café con ron, o un ron con café. Las ventiscas heladas parecen fantasmas que se niegan a partir, como si los flagelos no fueran suficiente para los sobrevivientes zaheridos por todo el ciclo anual.
El antídoto es diverso, algún buen café donde encontrar refugio en la tertulia escuchando a los apócrifos poetas modernistas despotricar contra el artículo, la conjunción y todos los adjetivos,  a fin de ser parte de la elite de la poesía de moda, donde -dicen- sobreviven solamente el verbo y el sustantivo, amarrados del brazo de alguna palabra rimbombante.

Se desvanece el ambiente vano ante los ojos para mirar al cristal de la ventana con admiración: ¡Tan frágil y resistente al viento! Las bufandas descansan de su oficio y los abrigos se ventilan de los olores glandulares perfumados. Se cruzan las miradas. Aquí dentro, todo sabe a refugio alpino, necesario para estar en cierto ambiente, para tener amigos que neutralicen la soledad y el frío de las infinitas ausencias.
Los empleados del servicio ya visten los colores del pagano San Nicolás ( de Bari ), sobreviviente de las hogueras del medievo.
Afuera llueve lentamente, es un tormento cada abrir de puerta. Las consciencias maldicen en silencio cuando algún bobo o boba se queda parado (a) bajo el dintel de la puerta esperando a que la vean desde lejos para que sepan en dónde buscarla. Se cuela el frío, y el calor aprovecha para disfrutar de un respiro refrescante.

El tiempo vuela. Llega la hora de despedirse de una rutina que nos hace romper el silencio entre disputas bobas.  Afuera, la calle parece un espejo negro, reflejando mediocremente las luces navideñas de la ciudad, que pronto será, lápida nocturna, para casi todos los sueños.

Muros y cortinas resguardan los afortunados regalos. En la Alameda, los viejos árboles resisten tiritando, entre el abrigo de hojas sobrevivientes del otoño, el ambiente que mata lo que no debe estar presente en el próximo calendario. 

Duelen los huesos por el frío. Los pisos de granito, aliados con los restos de la lluvia, desafían a las suelas guardianes del pie para intentar entumecer los dedos.
Me marcho en las catacumbas urbanas para tomar el gusano metropolitano.
Mis ojos recorren los rostros lastimados por el "cuatro sobre cero" que presume el termómetro ambiental.

Mi mente piensa con nostalgia: piensa en girasoles.