domingo, 6 de diciembre de 2009

EVA

Erase que en el Edén se suscitaba un extraño amorío. Por las tibias tardes y entre las florecientes hierbas de ornato y de olor, arrulladas por el dulce sonido de las cristalinas aguas de la cascada cayendo sobre el remanso más divino que se pueda imaginar. Dios y su creatura, el níveo Adán, se deleitaban con sus presencias mutuas. La criatura, como bebé de apenas pasos, reclamaba el anhelo del protector con mirada angustiante, en su presencia se adormecía cobijado por los dorados bucles de lo eterno. El Creador, con sus manos de viento acariciaba las formas incendiadas a la vida desde el barro, celebraba los contornos de su cuerpo, la inocencia de sus gestos, que entre la fragilidad y la inutilidad navegaban por todo aquel huerto que para él había construido. Beso y beso, lisonja tras lisonja. Lejos de ahí, ocupada en el intento de llenar todas las horas vacías de su pareja y origen corporal, la costilla vuelta mujer para atender como entretenimiento y compañía al varón ante la ausencia de su creador, Eva esperaba a que el idílico encuentro cotidiano culminara ante la premura de otras tareas de Estado de la deidad (que por cierto, no las tenia todas consigo). Recorría y observaba el entorno intentando distraer sus sentidos. La ociosidad de Eva, huérfana de quehaceres cotidianos a causa de la perfección del paraíso, no tenía sustitutos placenteros. Buena falta le hacían un buen mazo de cartas para entretener los eternos instantes de soledad. La disertación no era posible, aun no nacía la filosofía. Ocupaba sus ocios en escuchar el trino de las aves, las cuales entendía a la perfección, puesto que todo lenguaje era uno, inclusive, esos cantos aviares se reducían al disfrute del sabor eternamente maduros e imperecederos de los frutos, la calidez de los vientos y las bondades climáticas que colmaban de completo placer todos los paradisiacos ambientes. Acaso la llegada de Adán, desligado al fin de los mimos divinos, para tener que atender las batallas celestiales en contra de los conjurados contra de su voluntad inescrutable, le permitían un limitado divertimento. Consolar al mimado Adán mientras duraba la ausencia de su padre. Hacer todo tipo de desfiguros para atraer su atención. No había danza de velos, ni siquiera podía recurrir al recurso erótico para el buen éxito de sus funciones, la sensualidad estaba desterrada del perfecto entorno divino creado para Adán y su pareja. Al fin Adán se dormía, dormitando entre suspiros sentimentales la falta de los mimos divinos en los brazos, que ya se manifestaban maternales, de su compañera. Para Eva eran los insomnios, y las hirientes agujas de la sin razón, únicos padeceres experimentados en ese mundo. Cuesta trabajo explicarse el papel que jugaron entonces las heces, porque por supuesto comían y desalojaban, pero en fin, algún proceso debe haber habido para mantener al paraíso libre de todos malos humores y presencias non gratas. Y a dónde iba el Creador… posiblemente a dirigir las batallas y a elucubrar las estrategias para mantener a raya a los indestructibles disidentes. Bueno, y cómo es todo eso del Mundo de las deidades… pues por los datos que nos llegan, muy parecidos a los actuales. Una dictadura totalitaria en donde no hay tolerancia de propuestas. El bando disidente, a diferencia del jefe de la "deidocracia" sufría el tormento de la increatividad. El único que creaba era el Jefe del Estado, los demás esperaban a sus decisiones mientras se hundían en la mar de ociosidades. Cuantas veces Luz Bella le había sugerido al Creador la institución de Colonias en el amplio espectro universal, permitiendo así mantener ocupadas sus potencialidades creativas. Ante la negativa, el único recurso fue plantearle la institución de actividades recreativas de salón, y alguna que otra de sensualidad para hacer del reino un lugar anímicamente soportable. Las propuestas se tomaron como intentos de transgredir la suprema y divina autoridad, y a los involucrados se les desterró a las cavernas eternas para que no contaminaran al resto de las deidades menores. Si despreciáis el goce de mi luz divina -se les dijo- tomad las sombras como entorno. Una lluvia de estrellas se contempló caer del alto arcano y refugiarse en los confines oscuros del universo, ahí donde los desechos de la divinidad se esconden para evitar que contaminen el reino luminoso. Luz Bella fue entonces el ente referencia de todo ese potencial marginado. Cercano a Dios, alcanzó a ver y descubrir muchas de las recetas de su poder creativo, Descubrió que ellos mismos eran intocables e indestructibles, que el poder que concentra el creador se genera del que le confieren sus semejantes, y que el Dios unidad, sin estos recursos no era más que uno de ellos. Los ojos que contemplan en un instante todo cuanto existe, desterrados, cedieron su energía a Luz Bella dándole el poder de desafiar la autoridad del Dios vigente. Así descubrieron el jardín del Edén, sitio preferido del Omnipotente, en donde venía a solazarse con unos muñequitos frágiles que había creado hechos de barro animado, a los que mantenía en un estado de incapacidad física e intelectual. Descubrieron también que, como en todas sus obras, el Dios repetía sus errores creativos. Elevaba a uno y hacia siervo al otro. Descubrieron a Eva. Las legiones ocupaban la atención de las huestes celestiales resguardando sus fronteras. La lucha vino a desarrollar todo el potencial creativo de los marginados del poder divino. No eran suficientes los ángeles para el gran número de esos que se denominaría demonios. Los demonios eran versátiles, costaba a los guardianes gran trabajo descubrir las ingeniosas formas del camuflaje utilizado para burlar las fronteras frente a sus inocentes narices. Así nacieron los virus y las bacterias, con sus manifestaciones materiales y etéreas, tan hábiles fueron que más tarde se manifestarían como pensamiento, a los que se buscó estigmatizar con el epíteto de tentación. -Eva –le llamó la serpiente-. -Heme aquí -respondió la dulce Eva. -Qué haces figura hermosa, -dijo la serpiente con meloso tono. A Eva nadie la había llamada hermosa. Se asombró y regaló a la serpiente con la más brillante de sus sonrisas. -Bello es Adán. –dijo sin montajes de humildad hipócrita. -No niña, bella eres tú. La serpiente llevó a Eva al remanso mas cercano y la hizo que se contemplara en el espejo de agua. -Mírate. Ni las más hermosas estrellas del cielo pueden compararse contigo. Dicho eso, con su cola reunió un ramo de las más hermosas flores y las dejó entre sus brazos. -Palpa sus pétalos, ninguno de sus delicados bordes se compara con tu suave piel. Eva se contempló a sí misma. Descubrió que en efecto, la tersura de su piel era superior a la de Adán. Iba a hablar pero la serpiente ya estaba derramando en su cuerpo las más deliciosas esencias de las hierbas olorosas del Edén. Perfumada, Eva, descubrió que de su cuerpo emanaba una forma de placer hasta entonces desconocida, le brotaba por los poros y se esparcía a través de su aliento, elevándola hacia el viento como si fuera vuelo de un algo que no entendía. El éxtasis duró el resto de la tarde. Se recuperó del letargo cuando escuchó la voz mimada de Adán balando su nombre entre la floresta. Adán requería de mimos y cansado de su propio éxtasis divino, no pudo distinguir los cambios operados en su congénere. Eva se adhirió a sus rutinas, pero en su interior quedó el desencanto de no haber sido valorada con su nuevo look. Y vino la noche y luego el día. Las horas fueron menos tediosas en la existencia de Eva. Exploró los aromas de las más deliciosas hierbas al frotarlas con su cuerpo, encontró en unas más complacencia que en las otras. Con flores hermosas adornó los bucles de su larga cabellera. A su paso, las aves trinaban alabanzas y celebraban que, una fragancia nueva impregnara los espacios del paraíso. Eva era destello de una brillantez intensa y delicada, que si se nos dieran las licencias bíblicas del caso, podríamos llamar a su presencia: exótica. Platónicos, Adán y su creador, continuaban su incestuosa relación, ajenos del cambio que se había experimentado en el Edén. ¡Eres hermoso! ¡Eres a imagen y semejanza mía! ¡Eres perfecto, mi gran ego de barro andante! Adán se adormecía en los brazos paternales, incapaz de articular dialogo alguno con la sabiduría suprema. Esa era otro de los deleites paternos. El monólogo condescendiente. Dios se retiraba del Edén como torbellino hacia sus confines. Nada notaba, nada que no fuera el deleite de su propia grandeza. -“Mujer”….- -“Mujer”… Eva no respondió. Nunca la habían llamado así. -“Mujer”… La vista de la serpiente la sorprendió gratamente. Abrió los brazos para mostrar a su amiga su cuerpo desnudo, dejando flotar a los costados una girnalda de colores hecha con las más bellas flores del jardín celestial. La serpiente sintió una extraña onda de calor. Su piel se matizó con colores no existentes en el Edén y la mujer sintió recelo, quiso tener en su piel toda esa belleza y le pidió que le permitiera adornarse con su cuerpo. De un salto, la serpiente se acomodó en torno de su cuello y Eva empezó a caminar alegre por entre el follaje, así hasta la laguna donde solía tomar sus baños vespertinos.


Se adentraron en las cálidas aguas y la serpiente empezó a recorrer sus brazos, sus senos, y todas sus hermosas formas, mientras lengüeteaba, para beberse todos los deliciosos flujos, que el despertar de Eva, lanzaba al externo. Su cola se posó en la entrepierna, con movimientos circulares, hizo vibrar su cuerpo con una sensación total desconocida para la criatura de barro animada.

La aparición de Adán interrumpió el encanto.
¡Eva!, -le gritó-, ¡Heme aquí!
La serpiente se confundió entre las sombras del anochecer y Eva, descompuesta, acudió al llamado autoritario a que le obligaba su esencia de costilla.

La tarde fue de desencanto. Adán, saturado de pureza espiritual, y Eva, de interrogantes  sensitivas. Sus brazos reclamaban de un extraño cobijo; el cuerpo de Adán, del sueño que prolongaba el espacio divino.

Vino la noche y luego el día. Los pasos de Eva recorrían el Edén en busca de respuestas internas a preguntas que no le podían ser respondidas. Así llegó hasta la sombre del árbol de la vida. Aquel de los frutos dorados como el sol, de donde no debían comer, salvo el riesgo del destierro divino del  mundo regalado.
Acomodó su espalda contra el tronco y contempló su cuerpo. Lo palpó suavemente. Las sensaciones volvieron suavemente. Con los dedos unidos simuló la forma de la cola de su amiga la serpiente.
 Se encendió su universo y antes de que alcanzara el clímax de sus caros sentidos apareció la serpiente.

-¡Mujer!…, ¿qué haces?...

Eva sonrió.
 -Me exploro. Me deleito en mí misma. Me invento mi propio paraíso.
Estás en lugar sagrado – dijo la sierpe.
-Aún no –respondió Eva, hacia él intento ir…
-Detente, no caben dos paraísos en sí. 
Menos cuando uno es ajeno y con normas dictadas.
-Quiero mi propio paraíso.
-Para eso necesitas saber…
-Qué es el saber…
-Es el tener acceso a la consciencia, a la fuente que da la autonomía.
-No entiendo -respondió la mujer.
-Claro, no puedes comprender. Para eso es preciso contar como recurso la puerta al intelecto que sólo se conquista a través de la sabiduría. Placer y dolor son sus confines. Crear tu propio entorno y labrar tu destino.

Eva no comprendía términos que no eran parte de su universo actual. La madurez corporal y mental de su gestación no traía en sí el aprendizaje de todos esos conocimientos.
No habían sido educados para un mundo de causas y efectos. Habían sido puestos ahí con reglas, y fuera de ellas, no se percibía cómo sustentar su existencia.
-Quiero saber.

La serpiente cambió de colores y resistió la emoción.
-¡Come!...
Eva comió y sus entrañas se revolvieron, brotó el flujo de la fertilidad y sus senos percibieron los vaivenes del viento. Sintió un calambre en el vientre al florecer la cuna de los hombres.

-Eres lo que eres…, mujer, fuente de la humanidad. De tu vientre brotarán  legiones de hombres sabios, conocedores de la mecánica que constituye el universo entero. No más seres de barro, ni más seres autómatas, esclavos, sin consciencia. 
Eres lo que eres, matriz de generaciones. 
De tu vientre  se nutre todo paso, toda mirada, toda voz.

-Eso es Dios.
-La reflexión anida ya en tu cuerpo.
-Dios se enfadará. Le he hurtado su principal cualidad.
Se enfadará y luego se adaptará, cuando cese su ira. No todo le has robado, conserva por lo tanto el poder del juicio y el mandato. Hasta que crezcas y el saber lo margine en el silencio.
Donde él ponga un punto tu prole pondrá una coma. Donde él cree paradigmas vosotros creareis razones. Viento contra muro, Ola contra acantilado.  

-¡Qué hemos hecho!…
-Calla, tú no inventes el miedo del pecado, tus derroteros son otros.
-Has puesto entre Dios y nosotros una afrenta.

-La guerra es, del universo, el estado eternizado.

Vino Adán y la sierpe desapareció de su presencia. Eva lo contempló y se contempló a sí misma. Se compadeció de su adicción a la voluntad ajena y le dio el resto del fruto que quedaba  en sus manos.

-Come. Naveguemos nuestro propio universo.
¡Está prohibido!
¡Come borrego! 
El sumiso obedece a toda voz autoritaria y Adán, comió.

Crujió el corazón de barro que vegetaba en su pecho y empezó a fluir la otra sangre.
Miró a Eva y se complació de su belleza. La acarició y experimentó el deleite de la carne.
Era de noche, la luna se detuvo a mirarlos. Abrió su primera página para empezar a escribir los interminables romances venideros.
La noche se volvió día y el día no fue percibido en su presencia. Después vino la tarde y con ella,  el miedo.

El espíritu de Dios vagaba sobre el huerto del Edén. Adán se preocupó por el cotidiano encuentro. Eva se marchó a sus paseos cotidianos. Se encontró con la sierpe. 
-Adán teme ir a su cita, Dios le busca. Se enfadará, lo destruirá.


-No temas, sois indestructibles. 


-Nada se crea de la nada. Si acaso se transforma.
-Se enfurecerá contra ti. 
-No temas. Llevamos eternidades de beligerancia y perseveramos íntegros mientras la fuerza cambia de núcleo.

-Destruirá a Adán.

-No temas por Adán. Su destrucción implicaría reconocer su falibilidad, os atormentará, pero el gen de saber que habéis desarrollado os hará inmunes paso a paso. Sólo la ignorancia mata y por vuestra causa se confrontará con la sabiduría en los genes de tu descendencia mientras tu género existe.
-Y después…  


- Al después, sigue otro después.

Esa tarde Dios no acarició a Adán.
El olor a deleite carnal llegó hasta su aliento incorruptible. Reconoció “habéis comido de la fuente de la sabiduría y seréis sabio como tu creador. 
Se alejó de Adán y le desterró del paraíso terrenal.

La iracundia divina no logró apaciguar sus ímpetus vengativos. Con el tiempo los habitantes del paraíso se consumieron, sin control artificial, por los mecanismos de la verdadera vida. Hoy no se encuentra en todo el orbe, ninguna huella de su ubicación, no era eterno.
Los hijos de Eva brotaron con el esfuerzo de un vientre que en el dolor encuentra pago a tantas sonrisas futuras. Nació eso que llaman felicidad, algo que necersariamente tiene que ser tempóreo para no volverse rutina cotidiana. Corren y pululan como luciérnagas por su entorno, en su breve tiempo, mientras el dogma acecha ofreciendo nuevos intentos paradisiacos tras obediencia divina. Unos los oyen, otros los desechan; la humanidad conoce su potencial creativo y destructivo, y lo equilibra. El final no se sabe, quizá no llegue pronto, siempre habrá un hijo de Eva heredero del obsequio de su madre que encontrará caminos para sortear  eso que unos llaman destino transformándolo todo en ese navegar que se hereda vida tras vida, cuerpo tras cuerpo, en ese algo que se llama existir, donde la muerte acude a combatir el tedio de ser siempre lo mismo,  mientras se hereda la experiencia en una vida que quizá sólo ofrezca como respuesta, la única forma hermosa de habitar la eternidad.

Pero… ¿que pasó con la sierpe?

En el consenso celestial se reunieron con el poder nuclearizado  vasallos y disidentes para contar sus mutuas experiencias.
Dios con su jugo de néctares sin conservadores en la mano, y La serpiente llamada Satán con su copa de Jack Daniels. Dios le agradeció a Luz Bella haberle permitido solucionar eso del ocio de los monitos de barro y poder así contar una historia a modo sobre como la humanidad se perjudicó a sí misma. 
Después de su apuesta con Job, se aprestaron a continuar  su concertada guerra, total que en un ambiente eterno lo más que se puede hacer para pasar las rutinas es jugar a las guerras y a los entuertos de un futuro que es presente siempre.

A otros les da por perder el tiempo leyendo bobadas de un lunático llamado Melquíades San Juan.

En algo tiene que ocupar su eternidad.