sábado, 3 de octubre de 2009

El Tamarindo

Eran como diez, sí...,  como diez. Ya se les había hecho como hábito emborracharse en el panteón desde que a los policías del pueblo también se les había hecho hábito subirlos a la patrulla y llevarlos a encerrar a la comandancia por escandalizar en la calle o en el jardín.

-Se me ocurrió el panteón -dijo La Pulga-, porque a los muertitos, aunque les moleste el ruido... ¿ya qué hacen?

Jajajajaja


Lo dijo de tal modo que al juntar, casi, los dos hombros con la orejas, ladeó la cara y se vio como un niño travieso.

-Si, éstos ni pujan.

Jajajaja.

Por la madrugada, el litro de alcohol de caña mostraba las huellas del combate, y el "delirium tremens" también. Fue entonces que al "Ratón" se le ocurrió mearse sobre las tumbas, y a la "Perra" hacer un hoyo sobre una tumba sin lápida y defecar dentro de ella.

Los demás los vieron y reventaron en risas estúpidas, pero eso sí, muy sonoras.

-"¡Pinche Perra! Entre más escarbas, más le acercas la mierda en el hocico al difunto".

-Y ahí..., quién está  tu?

-Pos aquí, nadie... aquí on tamos, nomás entierran a los desconocidos.
Muchos venían de fuera, arrieros, prostitutas o vagos.
Chamacos hambrientos... ¿qué se yo?.

"Voi... voi"..., ansina nos aseguramos de no" tarnos" miando sobre la parentela.

De nuevo las risas.

Entre risas, los gestos de alguno,  de vomitar.

-Échaselo ahí compadre.

A ese "dijunto diai" que ni yerbas tiene en la panza jajaja, a ver ansina le brota una caña pá que nos la bebamos, compadre.

Y ahí fueron a dar parte de los hígados destrozados por el alcohol del 94 GL que usaban para los tragos.

Ya por la madrugada vino la neblina bajando desde el cerro del Chapulín. La mayoría ya estaban dormidos. La neblina llegó y cubrió todo el panteón.
Luego, se escuchó un chasquido como de fustazo sobre el lomo de algún animal.

Pasó lo espeso de la niebla y apareció de nuevo la imagen clara de las tumbas sin losa, sin nombre, en la parte del panteón llamada El Tamarindo, destinada a los restos de los más desamparados o de los desconocidos.

Un anciano con traje de manta y un torcedor sujetado a su cintura apareció entre todos.
Allá atrasito, amarrado al árbol de tamarindo que daba nombre a la sección del camposanto: un borrico color blanco palomo.

El viejo los miraba seriamente. Se quitó el sombrero y dejo ver su cabeza calva.

-"Disculpen las mercedes" -dijo-, con tanta fiesta no podía ni dormir.

Se lo quedaron mirando en la forma que miran en los pueblos, buscándole parentela al desconodido.

Un grito de mujer los distrajo, veían de juntito a la barda de adobe. "La Perra" estaba manoseando a una muchacha morena y la muchacha se le resistía.

Detrás de Domingo Pérez estaba un sujeto que lo abrazó y le dio una mordida en la oreja, arrancándosela de una dentellada.

-Tenemos hambre señores, -dijo el primer aparecido-. Tenemos "muncha" hambre, y el hambre se aguanta hasta que la panza se alborota.

La Perra gritó allá atrás. Le había dado un beso a la morena y se le habían quedado los gusanos metidos en la boca, eran tantos, que no lo dejaban ni gritar.

Aparecieron más y más personas al rededor de los borrachos. La borrachera se les disipó de inmediato y pensaron en huir.
No, ya no era posible abandonar el Panteón.


Aquí en San Jumipero, "tamos" tan lejos de todo que aunque se quiera, siempre "semos" nosotros solitos los que arreglamos nuestros asuntos.
Aquí "munchas" cosas han pasado que si se las contara diría que son cosas de gente de pueblo. Por eso mejor así lo dejamos, nosotros sabemos qué y qué no pasa en nuestro pueblo.

Aquella vez, los que vinieron de la Capital del Estado dijeron que unos perros se habían comido a los borrachos que aparecieron mutilados y engusanados allá en el Tamarindo. Y como que no creemos que eso "haiga " sido. Desde "entoncis", todos los 29 de septiembre de cada año aparecen cuerpos mutilados a mordidas y engusanados en ese sitio. Aunque la gente de aquí ya sabe y se encierra en sus casas a piedra y lodo, siempre hay engusanados que los traen de quién sabe dónde.

No hay de valiente que se asome por ahí... pá qué, ya con los que se quedan dormidos de borrachos por las calles de polvo del pueblo es suficiente. Pa qué andar de fisgón en las cosas de los muertos.