domingo, 11 de octubre de 2009

Amanecer de pueblo.

Mientras me apuro el resto de la mañana en una taza de café, recuerdo mi llegada a aquel pueblo.
Las calles solitarias de bullicio, bajo mi ventana las palomas andan matando el tiempo y el frío disputando algún grano extraviado y compartiendo un apareamiento. El campanario acaba de cantar con su voz de bronce el llamado a misa. Quizá por eso se despertaron tan temprano las palomas. Algunas sombras de efecto tardío se siguen despidiendo de sus hermanas fugitivas, las que duraran todo el día ocultándose y sobreviviendo al sol inclemente con sus vidas. Aparecen por las calles las mujeres viejas con sus rebozos embrazados, acomodándose el rosario entre las manos para espantar su demonios internos. Todos los pasos concurren a misa. Mariana está detrás de mí, siento sus senos deformarse contra mis espaldas. Le hago un sitio en la ventana y me deleito oliendo sus cabellos castaños enredados y con olor a hierbas.
Ella mira y encuentra las imágenes y matices necesarios para reconstruir su visión en el lienzo.
El flujo cesa, seguramente la nave de la Iglesia del Santo Patrono ya esté a toda su capacidad. Las calles se quedan vacías durante el curso de la primer misa, Algunos perros se echan bajo las bancas del jardín a esperar a que sus amas queden descargadas de sus faltas mundanas y  bendecidas por el halo divino.
Cierro la ventana y me devuelvo al lecho a esperar a que la mañana se vuelva luz plena y el bullicio nos envuelva en el barullo cantoral que nos haga perder, por unas horas, la consciencia de la vida.