martes, 29 de septiembre de 2009

La Sombra

Empezó con sus dolores de parto pasadita la medianoche.
-Aguántate -le dije-, estamos muy lejos, y orita... apenas si a pie, y entre la noche sin luna..., vendríamos llegando ahí por la madrugada con tu comadre.

-No, mi comadre no.
El escuincle viene "atravesao".
 Hay que ir hasta el pueblo porque con mi comadre nomás no nace.

Me esperé otro rato, sus quejidos ya me tenían nervioso, y pos ni modo..., Me colgué el gabán en el cuello y me fui rumbo al pueblo pá ver si me mandaban una patrulla con el médico, o "cuantimás" pá llevar a la Carmen a que le abrieran la panza pá sacarle el chamaco.

Ahí pasando La Estanzuela se me pegó una sombra y apuré el paso.
Entre más me apuraba más sentía que se me acercaba "lótro".

No había nada de luz, era de esas noches sin luna.
Nomás por los tantos años de andar por los caminos de polvo no me perdí.
Como que las mismas hierbas le van tocando la canilla a uno pá decirle por "onde" sigue el camino.

Fue ahí casi "por lo de San Bernabe" onde me dio alcance la sombra.
Clarito oyí que casi corría, y nomás pá no pegar la carrera, y que no fuera a intuir que le tenía miedo,
no corrí.
Me volví hacia él y como pa verle la cara.
Hice como que encendía un cigarrillo y le convidaba otro.

Nada dijo.

La luz de la cerilla ni siquiera le iluminó tantito el rostro.

Nomás sentí como el acero frío se me metía en el vientre una y otra vez...,
una y otra vez; y luego..., se me fueron enfriando las tripas.
Se me acercó pá verme la cara.
No lo conocía.
No sabía ni quién era.

Pá que no andes "culiando" a la mujer ajena -me dijo- con su voz apestosa a mezcal.

No lo vi, pero me imaginé que venía para darme el último "tajo".

Pensé en "la Carmen" con los dolores de parto.

-Oye... me puedes hacer un favor último -le dije-.

-A ver, -respondió...

-Soy de aquí de Candelas.
Me llamo Ulogio.
Soy marido de "la Carmen", que orita está pariendo pero no puede, porque el chamaco lo "trai atravesao".

Apenitas pude decirle lo último porque ya el aire, todo, se me había salido por las puñaladas, o me había entrado..., ya ni sé.

Oí que dijo:

-¡Ah Caray!, pos pensé que eras de El Romero, de ahí donde le gustan los hombres, pa revolcarse, a mi mujer...; pero qué le aunque, es tan puerca que ya debe "trair" la saliva de fulanos de todos lados...

Se incorporó y pude sentir junto a mis cachetes el calor de sus pies envueltos como tamal en las correas de cuero de sus huaraches.

Luego sentí la daga otra vez atravesándome el cuello.

Ya no sentí dolor.
Sólo un zumbido.
Como aquella vez cuando me estaba "hogando" en la laguna con las raíces del mangle "enredao" en mis huaraches.

Sólo que esta vez... me fui yendo más suavecito...
Más bondadosamente...
Mientras mis ojos se despedían de la luz de los luceros solitarios que poblaban el amanecer que no llegó nunca.