lunes, 14 de septiembre de 2009

Entre perezas y recuerdos ( proyecto de algún inicio de relato)


... y ahí estaba de nuevo la tarde, lanzando destellos a diestra y siniestra, diciendo adiós y hasta luego; y ahí estaba la bahía, colmada de las visiones del ocaso, retando al relumbrón oleaje, para ver quién hacia más cuencos… si el agua o las arenas.
Las gaviotas de siempre… Me pregunto sus nombres y las distingo vanamente por los claros y oscuros del plumaje, porque no sé de otra forma menos absurda para reconocerlas. Y este puente de piedra y adobe, encalado aún, esperando el tsunami final que lo borre y libere para siempre de su compromiso de unir abismos y atar huidas.
En  todos encuentro una conclusión y diversas coincidencia; sin embargo, el puente siempre fue mi favorito.  Desde su brazos de barandal amurallado me encantaba ver al escandaloso ruido del río, que apenas se distinguía corriendo como víbora cristalina en las entrañas de selva, echando bravatas y celebrando riñas contra las rocas y los recodos que le retuercen y torturan el alargado vientre: gritando y gritando, con su voz de murmullo, ante de volverse mar; a sus lados, bebiéndole sus gotas, las hojas grandes y verdes del follaje, las que se confundían unas con otras; y que yo, esforzado en el hábito de siempre, de distinguir una cosa de otra, le buscaba las diferencias entre las luces, los brillos y las sombras, para ponerle nombres y llamarlas de algún modo.
Eso era antes; antes de la sequía aquella que se llevó, entre sus páramos, todos y todos los motivos.
Sí, era antes, muchos días antes de tú que dejaras de estar por estos rumbos.
Después, mis ojos se llenaron de pasado, y mi mente zozobró, embriagándose cotidianamente con tu recuerdo.
Las cosas dejaron de tener nombre, y se juntaron en ese vano vaho vaporoso que es el tiempo que falta "para quién sabe qué", y que pesa tanto, como la pereza de abrir los ojos cada nueva mañana.