martes, 25 de agosto de 2009

embriaguez

Me miro espejo y veo en ti esa ebriedad tan (generalmente) reprimida,
el desamor se ha vuelto un empleo cotidiano
con reloj checador y tareas programadas en razón del tiempo,
la ebriedad es ese respiro al aire abierto
tu ebriedad y la mía,
la de los que no saben del gusto de estar ebrios...
colmo mi copa con la ebriedad de tu desnudez
de tu cuerpo tan desnudo que no conserva un ápice de moralinas composturas
desnudez que se rebela esencialmente en seducción
ante unos ojos que no miras tras ninguna cerradura.

La vida palpita en nuestros sentidos y no le cerramos la garganta
nos la bebemos toda
nos la lamemos toda como néctar de durazno
la aderezamos con arena de playa, como espuma que revienta en tus pezones tostados.

Nuestra embriaguez dura lo que dura mientras llega la hora de la cruda.

Qué importan los días teniendo los minutos de la embriaguez gastada sin premura.
Qué importan los cientos de caminos equivocados con sus cuotas de llanto
y sus tardes oscuras de soledad acompañada.
Los caminos se vuelven paredes, muros y bardas.
Se vuelven homilías practicantes,
se vuelven cascarones de terciopelo fucsia y ocre
donde es necesario e imprescindible tocar con delicadeza
para no destruir la fragilidad.

La embriaguez que nos libera en el secreto mutuo es un sueño que no todos tienen el valor de realizar.
Es un sueño sin estados de cuenta
ni réditos acumulados en moneda comerciable.
Más que un sueño es un robo,
un hurto al debe ser de la vida,
un momento de libertad que deja esencias ocultas irrenunciables para los sentidos
que no todos pueden oler
y que a muchos asustan.

Te miro
te miro diario
tras tu vestido
tras la mirada de tu marido
tras el amor de tus hijos queridos
va el destello de lo que eres para mí.
No eres la muerta de la calle quieta
ni eres el ángel que protege mis temores.
Eres mi embriaguez
la copa que bebo entre la tarde oscura de mis sombras celestinas.
La Sirena que canta
La Náyade que baila entre espumas de saliva
La Venus que se le desbordan, fugitivas de las manos y los besos, sus senos altivos,
que se sabe motivo de lujurias
que se abre a mi cuerpo y se embriaga de mi embriaguez
volviéndola deleite de su fuga.
Fuera de nuestro encuentro embelezado se han muerto todos los misterios:
qué importa dónde esté escondido el Santo Grial
qué importan los abonos para entrar al paraíso
qué importa el estallido de la estrella solar...
Vivimos nuestra cuesta empedrada de amargura y amargura,
dejando para esa tarde, todo el espacio para la embriaguez
donde tú eres mi néctar de durazno
y yo tu fetiche punzante
el castigo más cruel
para tus largas horas de la casta vigilia que soportas
hasta que aparece el amanecer
de la embriaguez fugitiva
de nuestros mutuos abrazos.