domingo, 21 de junio de 2009

Premio a Javier Cicilia

Sicilia, legítimo ganador del Aguascalientes
Luis Vicente de Aguinaga, integrante del jurado que premió el poemario de Javier Sicilia, exige una disculpa de Laberinto y cuestiona las afirmaciones que Evodio Escalante vertió en su debate con el poeta.




Guadalajara, 15 de junio de 2009

Señor editor:

Me dirijo a usted para referirme al artículo publicado en Laberinto el pasado 13 de junio bajo el título de “La poesía, ¿especie en extinción?” El autor, Evodio Escalante, se refiere a mí en términos difamatorios, y me parece justo exponer el ridículo mecanismo de sus razonamientos —por llamarles de alguna forma— y exigir de Milenio y del suplemento Laberinto ya no se diga una disculpa, sino una verdadera exculpación, en la medida que las ambiguas y desenfocadas afirmaciones del citado escritor están siendo difundidas con lujo de imprecisión y agresividad por el medio que, para el caso, usted representa. Todo ello, por lo demás, ha estado sucediendo en el marco de una polémica desencadenada en Laberinto por el propio Escalante a propósito del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009 y del poemario ganador (Tríptico del desierto, de Javier Sicilia).

Juzgo importante señalarle que, lejos de reducirse a un artículo, dos réplicas y dos contrarréplicas, la polémica en cuestión se ha traducido en crónicas y artículos de signo muy variado, comentarios en blogs y cuantiosos mensajes de correo electrónico. Es de suponerse que las últimas declaraciones del promotor y principal animador de la controversia también recorrerán el mundo, ya que, así como la poesía bien pudiera estar “en crisis” o incluso “en extinción”, así también el chisme y el infundio gozan de cabal salud. Si, cuando Escalante asegura estar aproximándose al “verdadero trasfondo del asunto, del que hasta el momento apenas si h[a] podido ocupar[s]e”, alude a que la poesía es ese trasfondo verdadero, hay que aplaudir su honestidad: apenas ha tocado ese tema, y no precisamente con solvencia.

El pasado 24 de mayo, en un mensaje de correo electrónico dirigido a Julián Herbert y enviado con profusión de copias a destinatarios del medio, como se suele decir, Escalante creyó necesario aclarar el siguiente punto: “En mi artículo sobre Sicilia hablé de técnicas de apropiación y no propiamente de plagio... aunque casi todo mundo, empezando por el propio Sicilia, ha entendido literalmente plagio”. Después, en su contrarréplica del 30 de mayo, fue más enfático: “hablé en términos que quisieron ser técnicos de la apropiación como un recurso poético […], pero jamás cometí la torpeza de emplear la palabra que tanto te satisface: plagio”. Lo cierto es que sí la empleó, pero ya sería redundante recordárselo. El matiz que me interesa destacar es otro. En su mensaje a Jorge Mendoza Romero del 27 de mayo, Escalante le reveló al cosmos que su verdadera identidad no es la del mero profesor y crítico literario, sino la de un paladín de las buenas costumbres: “Lamento informarle que yo me muevo en otro estrato del pensamiento, de modo tal que todavía mejor que de paráfrasis y de sobados juegos intertextuales de lo que habría que hablar simple y llanamente es de inmoralidad”. ¿Cómo se llama esa “inmoralidad”, entonces, ya que no se llama plagio?

En su primer artículo, el que apareció el 16 de mayo pasado, Escalante informa que “un tribunal poético formado por escritores todos ellos muy respetables” premió el poemario de Sicilia. Cuatro semanas le han bastado al crítico para cambiar de opinión: llegado el 13 de junio, ese “tribunal poético” está, para él, a una “distancia […] sospechosamente corta” de la “complicidad”. En sus propias palabras, Escalante no se atreve “a levantar el dedo acusador”, pero habla en todo caso de “impunidad”, y de “algo [que] se cocinó de manera que parecería inadecuada”, y de un acta que “chorrea pus”, entre otras aparentes deshonestidades no menos vagas e indefinidas que las frases del documento notarial que tanto lo escandaliza.

“Nunca pretendí un ataque ad hominem”, declara Escalante. Lo mismo, con otras palabras, le aseguró a Julián Herbert en su mensaje del 4 de junio: “jamás he escrito una línea en mis textos críticos que esté encaminada a desdorar a una persona”. Sin embargo, en otro mensaje a Julián Herbert, éste del 24 de mayo, apuntó: “Con cinco o seis libros de poemas publicados, Sicilia no ha salido de párvulos”. ¿Qué se debe pensar? ¿Que la última declaración, al ya no formar parte de un texto crítico, no debe ser tomada en serio? ¿Que confinar al parvulario a tal o cual poeta no es desdorarlo ni atacarlo en su persona?

En el artículo referido, tras anunciar que da “por terminada” la polémica, Escalante se resiste a concluir de veras y, lejos de cerrar la “discusión”, la renueva con dos clases de consideraciones: unas, las primeras, en torno a la nociones de autor, texto e intertexto; otras, las postreras, en torno al Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, a su “falta generalizada de confianza y credibilidad” y al hecho, para él indigno hasta de la más elemental demostración, del amiguismo y compadrazgo que, según él, ejercimos Francisco Hernández, María Baranda y el que firma esta carta en beneficio de Sicilia, nuestro supuesto amigo común. “Resulta ya sintomático”, aventura Escalante, “que Francisco Hernández, María Baranda y Luis de Aguinaga, quienes premiaron a Sicilia, no sólo sean amigos entre sí, sino que todos a su vez sean… ¡amigos del ganador!” Amistad pública y sabida, por lo que se puede pensar, que ya constaba en la primera contrarréplica del mismo autor, publicada el 30 de mayo: “Quien califica sin más de imbéciles a los miembros del jurado, que para mayor agravio son tus amigos, eres tú mismo [Sicilia], y no yo [Escalante]”.

En el mismo párrafo en que asevera que Sicilia, Hernández, Baranda y De Aguinaga compartimos una especie de amistad culposa, Escalante confiesa que siente “una admiración irrestricta por Francisco Hernández” (elocuente detalle moral: su admiración por un poeta como Hernández tiene que confesarla) y certifica que conoce “muy mal a María Baranda y todavía menos a Luis de Aguinaga”. El 30 de mayo Escalante se había dirigido a Sicilia echando mano de una ironía premonitoria: “Con pena te informo que no tengo amigos en el CISEN”. Yo lo pongo en duda: ¿cómo, si no es recurriendo al espionaje, puede saber Escalante quiénes tienen la mala fortuna o pésimo gusto de ser mis amigos, cuando él mismo admite que sencillamente no sabe nada de mí?

He visto a Javier Sicilia dos veces en mi vida. La primera fue hace trece años, durante un homenaje a Elsa Cross en la Casa del Poeta; la segunda fue hace cuatro meses, el día que se hizo pública la noticia del Premio Aguascalientes. En cuanto a Hernández y Baranda, puedo resumir así mi relación con ellos: no tengo sus números telefónicos ni suelo dirigirles mensajes de correo electrónico; no conozco a sus familias ni he visitado nunca sus domicilios; no me cito con ellos cuando voy a México ni sé cuándo sean sus cumpleaños; no les he dedicado poemas ni solicitado que presenten o reseñen mis libros, ni ellos a mí. Eso sí, me siento en buena compañía cuando estoy con ellos —con cualquiera de los tres o con los tres al mismo tiempo, como sucedió en febrero pasado, en la conferencia de prensa del palacio de Bellas Artes— y me haría muy feliz poder frecuentarlos con más asiduidad. ¿Se refiere a esto Escalante cuando, después de aventurar con extraña desenvoltura que yo soy amigo de Javier, Francisco y María, probablemente sea también su cómplice? ¿No querrá decir más bien —porque, a estas alturas de la “discusión”, está claro que a Escalante no sólo hay que interpretarlo, sino traducirlo al castellano— que María Baranda, Francisco Hernández, Javier Sicilia y Luis Vicente de Aguinaga no somos enemigos? Además, ¿de qué “complicidad” habla este crítico? ¿He cometido yo algún delito, a solas o en compañía de Baranda, Sicilia y Hernández? Una cosa es verdad: yo siento más afecto por Javier Sicilia desde que comenzó todo este alboroto, y esto no me parece que haga falta explicarlo ni justificarlo ante nadie.

En mi caso particular, mi lectura del poemario de Sicilia está plasmada en el artículo que, bajo el título de “Pronto llegará la noche”, publiqué a principios de mayo en el número 132 de la revista Crítica. No estoy haciéndome propaganda ni pidiéndole a nadie que lea mi texto; aspiro nada más a que no se ignore su existencia, ya que desde luego es un artículo vinculado con este asunto y es anterior a la primera intervención del señor Escalante. Las actas de los jurados, trátese del concurso que se trate, no son —para mí— piezas de crítica literaria; ciertos artículos, en cambio, sí pueden llegar a serlo. Eso sí, es indispensable no desvariar, no cambiar de tema sólo para obligar al interlocutor a desechar sus dudas y objeciones, no tratar de ocultar lo inocultable y, sobre todo, no “confundir la crítica con las malas tripas”, que dijera Juan de Mairena. Por estas razones, yo no hablaría de crítica literaria bien hecha en el caso del artículo publicado por Evodio Escalante hace poco menos de un mes, ya no se diga de los dos restantes. En cambio, Tríptico del desierto me sigue pareciendo un libro excelente, legítimo ganador de un concurso al que se presentó sin trampas de ningún tipo.

Sin más que añadir,

Luis Vicente de Aguinaga.

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RESPUESTA DEL EDITOR

Señor De Aguinaga:

Ni a usted ni a nadie le debo una disculpa por la polémica suscitada en Laberinto a raíz de la crítica de Evodio Escalante al poemario Tríptico del desierto de Javier Sicilia. Ambos autores han expuesto sus argumentaciones y puntos de vista con entera libertad en este suplemento, como ahora lo hace usted —espero que nadie me pida una disculpa por publicar su carta en la que recoge opiniones expuestas en otros medios, entre ellos blogs y correos electrónicos.

Atentamente
José Luis Martínez S.