domingo, 21 de junio de 2009

El plagio como una de las bellas artes

Mar, 09/06/2009 - 12:02 — margarito

PUBLICADO EN MILENIO SEMANAL
NÚM. 607, JUNIO 8 09

De la asimilación literaria al plagio, median confrontaciones entre autores. Aquí una revisión ante la polémica en torno al Premio de Poesía Aguascalientes 2009.

Imagine el lector que asiste a una exposición que tiene como tema el plagio a través de la historia. A la entrada hay una Gioconda gigante similar a la de Marcel Duchamp, quien a su vez la tomó de Leonardo da Vinci. En vez de vigilantes gruñones que esperan el menor pretexto para llamarle la atención al espectador, se permite echar al vuelo las dotes de artista y deformar o complementar el experimento de Duchamp. Algo así sucedió en Plagiarismo, exposición que recorrió varias ciudades de España. “El plagio es una parte vital de la cultura; es necesario para el aprendizaje, la cita del maestro al que se quiere rendir homenaje, o incluso la secuela de un personaje que el fan no quiere dejar de leer… es parte de la naturaleza elemental del ser humano”, afirmaban los curadores de la muestra.

Un recorrido por las salas le permitía al público enterarse de una gran cantidad de plagios, fraudes, copias y simples coincidencias documentadas, tanto de la literatura como de la arquitectura, la música y la pintura.
El término plagiar, del latín plagiare, tenía que ver en sus remotos orígenes con la venta fraudulenta de esclavos ajenos como si se tratara de los propios. Los epigramas de Marcial dan esta connotación al plagio: “Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú el autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tengan por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme” (“A Fidentino el Plagiario”). Lo reitera en “Contra un plagiario de su libro”: “…El que desea adquirir la gloria recitando versos de otro, debe comprar, no el libro, sino el silencio del autor”.

El que esté libre de plagio que arroje la primera piedra
Plagio o préstamo, influencia u homenaje, intertextualidad o collage, falsificación o copia; por descuido o negligencia, por mala fe o falta de creatividad, “expropiar” la obra de los demás no es una novedad. A lo largo de la historia de la literatura acusadores y acusados, víctimas y victimarios, integran una extensa nómina en la que figuran desde celebridades hasta autores menos reconocidos.

Séneca en sus Cartas a Lucilio se explaya en el tema: “Debemos imitar, como se nos exhorta, a las abejas, que vagan de un sitio a otro y escogen las flores apropiadas para elaborar la miel y luego disponen y aderezan en panales todo lo que recogieron... Hagamos esto mismo en lo que alimenta nuestro pensamiento, no consintiendo que ninguna de las cosas que tomamos se quede igual, a fin de que deje de ser de otro”.

Francisco de Quevedo y Luis de Góngora protagonizaron una de las polémicas de más largo aliento en la historia de las letras. Dos décadas duró el duelo, a base de retóricos dardos con veneno, diatribas y querellas. He aquí el reclamo poético gongorino: “Musa que sopla y no inspira/ y sabe que lo traidor/ poner los dedos mejor/ en mi bolsa que en su lira/ no es de Apolo, que es mentira/ hija musa tan bellaca/ sino del que hurtó la vaca/ al pastor”.

Las acusaciones contra Leopoldo Alas Clarín de haber alimentado algunas de sus obras con párrafos enteros de Èmile Zolà y de Gustave Flaubert, pese a que Clarín se defendió con todas las armas a su alcance, han sido superadas en la actualidad por el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, quien suma a la fecha 16 acusaciones de plagio. Hace unos meses el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi) del Perú sancionó al autor de Guía triste de París a una multa de 57 mil 258 dólares por la supuesta apropiación de 16 textos.

“Mis allegados conocen mis técnicas de escritura. La realidad debe plagiarse y las letras son una forma de plagio de la realidad. Yo no incumplí ninguna falta contra la literatura, tal vez sí con la realidad”,dijo el ganador del Premio Planeta 2002.

La cadena original ni siquiera empezó con Clarín; el célebre autor de Madame Bovary mismo había sido señalado por el dedo flamígero del plagio debido al parecido de algunas páginas de su novela con una obra de Honorè de Balzac, quien a su vez fue acusado de sustraer otros frutos de huerto ajeno.

Cut-and-paste
La internet terminó por desaparecer las fronteras entre autores reales y piratas: lo que parece ser una práctica ejercida a diario por millones de estudiantes en el mundo termina por convertirse en un instrumento para quienes gustan de apropiarse del talento ajeno. Un juego muy distinto parecen proponer Jorge Maronna y Luis María Pescetti en la novela ¿o parodia? Copyright. Burla o pasatiempo, juego de espejos o escritura en serio a costillas de otros, juzgue el lector: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde en que, al despertar de un sueño agitado, Gregorio Samsa se encontró en su cama transformado en un horrible insecto”.

Los certámenes literarios se convierten a veces en mecanismos de apropiación. Mucho dieron de qué hablar en su momento los casos de José Saramago y Camilo José Cela (1906-2002). Cela, premio Nobel, escritor español que ganara en 1994 el premio Planeta con la novela La cruz de San Andrés, fue demandado por Carmen Formoso, autora de Carmen, Carmela, Carmiña, Fluorescencia. El juicio duró varios años, hasta que un juez dictaminó que la obra de Cela era “autónoma” y “original”, por lo que la denuncia terminó en el olvido.

El escritor mexicano Teófilo Huerta a su vez documentó la semejanza de su cuento “Últimas noticias”, incluido en el compendio La segunda muerte y otros cuentos de fúnebre y humorosa hechura, con los dos primeros capítulos de la novela Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998. “Entregué en 1997 mi obra a Editorial Alfaguara en México cuando Sealtiel Alatriste era su director, explica Huerta, quien había registrado su cuento en 1987.

Jabs y cabeceos
En México, hurgar en casa ajena ha traído como consecuencia no pocas guerras. Ni los nombres de vacas sagradas como Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez escapan a la sombra del saqueo. Memoria de mis putas tristes armó la polémica en torno a García Márquez debido al extraordinario parecido de esa obra con La casa de las doncellas dormidas, de Yasunari Kawabata, a decir de Gregorio Morán, autor de La sorda vejez de une escritor. Por su parte, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante puso en evidencia que Carlos Fuentes basó su novela Cumpleaños en una obra suya. El autor de Aura argumentó que “no hay libro que no descienda de otro libro”.

La polémica más reciente se da entre el crítico Evodio Escalante y el poeta Javier Sicilia, autor de Tríptico del desierto, obra ganadora del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009 y publicada recientemente por la editorial Era. En el texto “Sicilia y la apropiación como recurso poético” (Laberinto, mayo 16 09), Evodio pregunta: “¿…qué sucede cuando un escritor mexicano de nuestros días, sin mencionarlos, sin anotar sus versos en cursivas o ponerlos entre comillas, y sin acompañar la cita de una pertinente nota al pie de página, indicando la fuente, se apropia de pasajes enteros de lo que han escrito y publicado estos poetas más que eminentes?”.

En relación a los entrecruzamientos entre un poema de Paul Celan y un texto de Sicilia, el académico e investigador cuestiona: “¿Se trata meramente de una paráfrasis? ¿O más bien de un pastiche? ¿Desde cuándo es válido tomar un poema de Celan, o de cualquier otro poeta conocido o por conocer, cambiar algunas palabras, introducir cambios al gusto y adobar pasajes, y firmarlo tan campante como si fuera propio?

A la semana siguiente la réplica del poeta no se hizo esperar en “Respuesta a un pequeño burgués” (Laberinto, mayo 23 09): “¿Soy realmente un plagiario? Un verdadero plagio sería, por ejemplo, que yo hubiera tomado los poemas de un oscuro u olvidado poeta y con él hubiera ganado un premio. Con ese acto estaría usurpando algo que a ese poeta, que nadie conoce, le pertenecía”. Sicilia se asume como parte de “…una tradición muy antigua y a la vez muy moderna para la que la noción de autor no existe y a través de la cual el poeta… dialoga con la Tradición y la reactualiza para otros”.

En “Respuesta al Kamikaze de Sicilia” (Laberinto, mayo 30 09), Escalante señala: “Abundé en torno a los ’préstamos’ y hasta informé acerca de un saqueo de materiales ajenos (Eliot, Rilke, la Biblia, Celan), pero jamás cometí la torpeza de emplear la palabra que tanto te satisface: plagio. Señalé, eso sí, que adobas, desfiguras y corrompes un extraordinario poema de Celan, “Fuga de muerte”, que transcribes casi en su integridad sin indicar la fuente o al menos colocar preventivas cursivas”.

Se diga lo que se diga, el tema de los préstamos, las cercanías, las influencias o el descarado plagio dan siempre de qué hablar. Tal vez Ernesto Sábato tenga razón: no existe la originalidad total. “Los dioses griegos también eran híbridos y estaban ’infectados’ de religiones orientales o egipcias. También Faulkner proviene de Joyce, de Huxley, de Balzac, de Dostoievsky”, dice contundente.

Copilandia
“Un sitio en internet (www.copilandia.org) se ha convertido en territorio, isla o país donde la propiedad intelectual no existe. Geografía en la que “una exposición de obras que provienen de todo el mundo soltó amarras equipada con materiales artísticos, copiadoras, computadores y sistema de sonido”, que invita a sus visitantes a “multiplicar, propagar y celebrar un intercambio libre de arte y conocimiento”, se lee en la entrada a la página.
Al menos 300 artistas y asociaciones, poetas, músicos, escritores, diyais, hackers, abogados, psiconautas, hechiceros, magos y anarquistas, en su mayoría reunidos en torno al festival “Sevilla Entre Culturas” 2005-2006, extendiéndose más tarde a Cali, Colombia, y con miras a conquistar Nueva York, son los artífices del material contenido en la isla virtual.
Margarito Cuéllar