martes, 17 de marzo de 2009

Pasto de parque

Quién no se pierde en una tarde
los pastos siempre tienen paciencia
son más propios que las playas
para cuando se quiere pensar
son isletas entre muros
puentes que se vuelven túneles
entre el asfalto y los claxons
de un mundo que no acaba de moverse nunca.

Siempre queda ese espacio perdido y casi ajeno
los serenos parques
con sus serenos arbustos
listos para charlar con uno que otro recuerdo vivaracho
de algún transeúnte perdido
naufrago de los barcos pletóricos de ruido
que navegan sobre la mar del tiempo
adivinando rumbos
e inventando nuevas islas por explorar.

Aquí la tarde se muere y resucita
se repite el emplasto cicatrizador de tedios cotidianos
y cuando la soledad se vuelve solida
como los rieles de los trenes
hasta se puede encontrar un amante
deseosa de asesinar su propio aburrimiento
o encontrar al profeta de este siglo
con sus anacronismos delirantes
anunciando la eterna venida
para refrescar la ya desmotivada espera.

Cualquier tarde extraviada
como si fuera un número atrasado
de una revista vieja
se puede consultar
en las sombras dolientes de la espera
de cualquier parque olvidado
entre el mar de muros grises
que simulan ser formales y alegres
para no ser tan fríos.