sábado, 14 de febrero de 2009

La luz de la Luna.

Aquella tarde nos quedamos mirando a la Luna gigantesca que aparecía apenas sobre las copas del los árboles. Ambos pensamos que estaba ahí, atrás del árbol de mango, y nos fuimos corriendo para saludarla. No estaba ahí. Se había movido. Ahora estaba sobre la copa del laurel, no era muy lejos, corrimos para hacer un último intento de alcanzarla, darle un beso de luna a nuestra boca.
Los pasos descalzos de Luvia eran veloces, cuando llegamos al Laurel, la luna ya se había movido.

-Corramos rápido -dijo Luvia, antes de que se vaya hacia el cielo-.

Sus pasitos fueron patas de venado y tras ella yo, temiendo perderla de vista entre las hierbas y las raíces salientes de las Ceibas.

Llegamos tarde, la Luna ya se elevaba como globo de gas hacia los cielos.
Nunca nos vio. Jamás supo que íbamos tras ella.
Luvia estaba llorando, quería un beso de Luna.

Tomados de la mano volvimos rumbo al rancho.

Las sombras nos cerraron todos los caminos, todas las veredas.
La noche de la selva se matizó de ruidos, y nuestros pasos de niños entre un mundo arriesgado.

Me ganaron los llantos. La mirada de Luvia era muy preocupante.
Me consolaba.
Me daba ánimos.
Me decía que no tuviera miedo que ella me llevaría a casa.
Le creí. Ella parecía saberlo todo.
Se sabia el camino al río que tomábamos todas las tardes para bañarnos en nuestro recodo preferido. Lo tomaba por diferentes veredas y siempre llegaba.
Yo no tenía más que confiarme en Luvia para andar por la selva.

Su voz de niña me devolvió la confianza. Caminamos mucho rato librando "los capotes" que eran venenosos, los bejucos que enredan en sus tejidos sin orden las patas de los ciervos.
Después de mucho andar sin llegar a ningún lado, nos sentamos en un claro de la selva, juntos a unas peñas hirientes.
Recargamos la espalda sobre una de ellas, la que quedaba frente a la luna.

Luvia empezó a cantar en tzotzil una canción de cuna.
Entre su abrazo, yo, dormitaba a ratos.
Un par de cachorros de coyotes nos encontraron casi dormidos,
se acercaron a nosotros y nos lamieron el cuerpo.

Yo me desperté primero y pegué un grito
Luvia se despertó al sentir que me libraba de sus brazos.

Vio a los jóvenes coyotes y se alegró.

Los llamó como si conociera sus nombres.
Los animalitos se acercaron y se echaron junto a nosotros acompañándonos mutuamente para pasar la noche.

Allá en el pueblo se había despertado la alarma.

Los niños se perdieron.

Armados de linterna nos buscaron por todos los patios de la finca y no nos encontraron.

Se pensaron las peores cosas.

La mamá de Luvia, doña Naty, sugirió a mi madre que le preguntaran a don Laco, el curandero, a ver si veía algo entre el humo del copal.

Mi madre no creía en esas supersticiones, pero la angustia y las faltas de respuestas a todas las búsquedas emprendidas la obligaron a aceptar.

El viejo curandero ya las estaba esperando.

Cuando entraron a su choza de techo de palmas y paredes de otate, él le habló a Naty en tzotzil.

-Ésta no es nuestra hermana -le dijo-.

Doña Naty le respondió que estaba angustiada.

-Se perdieron los niños, aclaró-.


Lo sé -dijo el curandero-,

Echó petróleo sobre su anafre de barro, y luego que el carbón prendió y formó brasas aventó en el centro cinco copales negros y dos blancos
Los copales llenaron de un humo aromático la choza, al grado que era imposible ver y respirar.

Ambas mujeres salieron de la choza y esperaron a fuera, frente a la única puerta, a que don Laco saliera a decirles que había visto.

Don laco nunca salió. Los copales terminaron de humear y la mujeres entraron para preguntarle al curandero qué había visto.

No había nadie dentro.

Allá, en el claro de las peñas, oímos el aullido lastimero de un lobo fugando su llanto entre los vientos frescos de la noche.

Los bracitos de Luvia se estremecieron y me apretaron con más fuerza.

Los pequeños coyotes se incorporaron y empezaron a otear el viento, como si detectaran que algo se acercaba.

Luvia me despertó, yo dormitaba. Entre las sombras de la noche apareció la silueta de un hombre. Nos tomó de la mano, y nos empezó a llevar entre las veredas secretas de la selva. Detrás venían los pequeños cachorros de coyote.

LLegamos junto al río.
La luna, preciosa, bañaba todos los confines del mundo nocturno. Las hojas de los árboles tenían destellos de plata. Los remansos del río, batallando entre las piedras, parecían bucles de ancianos; y las piedras, manzanas amarillo plata.

Allá, sobre las peñas del recodo del río, una pareja de coyotes llamó a sus cachorros, los que, fueron alegres a su encuentro.

El hombre que nos guiaba los miró e hizo un gesto a manera de saludo.
Entre los árboles asomaban las sombras de los fantasmas viejos del monte; los dioses antiguos, los curanderos muertos nos miraban.

Sentí miedo. Iba a llorar, pero la manita fuerte de Luvia presionó a la mía para darme valor.
La volteé a ver y sus enormes ojos morenos me dejaron ver los reflejos acariciantes de la luz de luna que bañaba de hermosura toda la noche.

Pasamos entre los tallos de los árboles. Entre los viejos fantasmas desdentados, de la noche, y seguimos la vereda que Luvia había tomado tantas veces, desde el río, de regreso a las casas de la Finca.
Me volvió a apretar fuerte la mano para que la volteara a ver y me encontré con su rostro lleno de su sonrisa chimuela.


Una sombra humana se apareció ante los ojos de las dos mujeres. Traía a un pequeño en cada mano.
Eramos Luvia y Yo.

Doña Naty se deshacía en agradecimientos.
Tiró de las trenzas a Luvia, le subió el vestidito de algodón y le propinó varias nalgadas sonoras, regañándola en tzotzil.

Le dijo algo al curandero. Luego a mi madre.
Mi madre tomó de su bolsa el monedero y quiso darle unos billetes a don Laco.
El hombre los rechazó.
Doña Naty le dijo que el dinero era una ofensa.
Mañana -le dijo- le traeremos, manteca, maíz, arroz y frijol; alguna carne seca y petróleo. También una botella de aguardiente.
Con eso está bien.

El curandero ya se había metido a su choza. Enredado entre los brazos de su hamaca, dio a entender que ya debían irse de su casa.

Al día siguiente no dejaron salir de su casa de palma a Luvia. Estaba castigada.

Yo fui a verla. Su madre estaba allá en el patio, junto al fogón de piedra y tepetate, cociendo el nixtamal para molerlo al metate al día siguiente.

Acostaba boca abajo sobre un catre de lazo de ixtle, estaba Luvia; cuando me vio le brillaron los ojos. Me acerqué para hablarle en secreto para que su madre no se diera cuenta que me había metido a la casa.

-No me pegaron -le dije-. Mi mamá me abrazó toda la mañana. Por la mañana le mandaron un costal de maíz, una carga de leña y varios sacos de frijol, arroz y azúcar a don Laco. También varias botellas de aguardiente de caña, del "Comiteco"; y tres galones de petróleo diáfano.

Luvia no me escuchaba. Se me quedaba viendo a la cara y me plantó un beso en la boca, como siempre lo hacía. Sentí el roce de sus dientes chimuelo casi cortar mi labio inferior.

Allá en el traspatio, su madre le daba vuelta al nixtamal con la paila de madera mientras cantaba un canto tzotzil.

Luvia me mostró con su mirada, el chicote de membrillo que presidia la única estancia que era todo a la vez, recamara, cocina, comedor...

Luego me dijo: "Cúrame".

Le recorrí rumbo a la cabeza el vestido de una sola pieza con cuidado hasta quitárselo, su cuerpecito se quedó desnudo. Desde la espalda hasta las piernas se notaban marcados como líneas inflamadas y a veces abiertas, los verdugones.
La de sus nalguitas era la parte más lastimada.

Empecé a curarla pasando por sobre sus heridas la punta de mi dedo índice mojado con saliva.
Luvia se retorcía de dolor pero me decía que continuara.

Acompañé la rutina con un canto que Luvia me había enseñado, entre burlas, por mi mala pronunciación en lengua tzotzil. El canto hablaba de una boda en la selva bajo la luz de la luna. A la novia, la luna le había regalado un vestido con hilo de telaraña de color plateado, como el de la luz de la luna.

Su madre, seguía lidiando con el nixtamal y controlando el fuego del fogón de tepetate.
Luvia se quedó dormida sobre el catre. Y mis manos continuaron dibujando, con la punta de su dedo índice bañado en saliva, el cuerpo lastimado de mi compañera de todos mis juegos y aventuras.