miércoles, 24 de diciembre de 2008

Los Hijos de Santiago.

Los Hijos de Santiago.

La primera vez que vimos caballos fue allá en lo que se llamaría Veracruz. Los bajaron de sus naves y después corrieron sobre ellos por toda la playa, disparando sus arcabuses. Hubo un gran espanto entonces por toda la tierra. Venían hombres extraños mitad hombre y mitad bestia. Sus cuerpos despedían resplandores como si fueran espejos. Espejos... nosotros nunca habíamos visto los espejos. Cuando estos hombres corrían sobre la tierra la tierra resonaba al golpe de sus patas redondas. Luego se separaban. Era algo muy extraño. Algo que jamás habíamos visto nunca antes.

Vinieron los combates. El valor sólo servía para encontrar la muerte. Ellos tenían el rayo y a esa mujer Malianalli (La Malinche) que nos decía que Quetzalcoatl había vuelto. Por los campos de batalla, los hombres de cuatro patas gritaban Santiagoooo cuando se lanzaban entre las multitudes blandiendo sus cañas de ese metal extraño al que no resistía ningún peto de tallos de maíz y algodón. ¡Santiago! Su voz era voz de muerte o de mutilación. Después, la tarde se volvía caminos de dolor y de muerte. De mutilados y heridos quedaban llenos los verdes campos. Los Caballeros Águila, los Caballeros Tigre eran pasto de las fieras hambrientas por la noche. Un ocaso de gloria se sepultó para siempre en nuestras tierras; primero murieron nuestros hombres, luego nuestros nobles y después nuestros Dioses. Nada pudieron nuestros escudos contra sus lanzas y sus arcabuses. El guerrero estaba indefenso y el dios de piedra y madera murió ante el poderío del dios del hierro, el caballo y la pólvora.

Luego vinieron ellos. Nos cambiaron al ídolo de piedra por el de yeso o madera. Nos enseñaron a tallar sus dioses y ahí, entre sus vientres pudimos guardad a los nuestros, como ser en gestación dentro de un vientre divino, hasta que nuestros Dioses aprendan y nos enseñen a hacer nuevas armas. Luego vinieron ellos, con su cruz y sus rezos. Con sus miradas fanáticas y con sus maldiciones y hogueras para todo lo nuestro. Ahí supimos de Santiago. El furor aquél que arrasó con su espada cortante a nuestro pueblo. En su caballo blanco con su espada mortífera.

Ellos nos contaron de un Dios al que asesinó su propio padre para salvar a los hombres. Tal como nosotros sacrificábamos a los nuestros para salvar al mundo. Nos contaron de un Dios extraño que preñó a una virgen casada con un hombre anciano y le hizo un hijo que no era hijo del marido sino del Dios al cual nos enseñaban a adorar. Nos enseñaron a admirar, venerar e imitar a la virgen casta que fue esposa y madre del Dios que nos trajeron e impusieron mediante espada u fuego. Cómo se parecía esa historia a la de Cohatlicue, la Diosa del Tepeyac. que parió a Chimalpopoca después de haber sido preñada por los cielos divinos.

Después vino el dolor de nuestro pueblo. Vinieron la esclavitud y el hambre. El hombre del Caballo capturaba a nuestros padres y abuelos para llevarlos a las minas para buscar a esa especia de Dios que amaban y codiciaban más que a su dios crucificado. Nuestras mujeres fueron violadas y sometidas al concubinato forzoso. LLantos y más llantos en sus ojos angustiados; y ascos, ante el olor fétido de sus cuerpos desaseados, enemigos del baño diario.
Santiago se aparecía por las noches, en su corcel blanco. Primero se escuchaba el golpeteo a lo lejos de sus poderosas pezuñas, luego, arremetía dentro de las chozas, tumbando las puertas de varas secas, y se llevaba a las virginales e inocentes. Nadie se oponía a su paso. Era el Dios conquistador, sus enormes ojos echaban fuego y por sus enormes orificios se fugaba el humo de su infierno interno. Su canto era brutal y sus fuetazos abrían las carnes de las mujeres y los ancianos que intentaban detener sus avances.

Las niñas vírgenes aparecían después llenas de pánico, con los ojos hinchados del llanto y la sangre virginal emparrada entre sus piernas. No había hombres que las defendieran, tantos habían muerto, y los vivos, eran esclavos de minas o de las tierras que habían arrebatado a nuestros pueblos.

Cuando habían embarazos, el pueblo entero acudia a ver a los hombres de la Cruz de palo. Atestiguaban de la virginidad de la niña y de como una noche "El Caballo" Santiago entró gritando su nombre en el grupo de humildes chozas y se llevó a la virgen.

-Mire padrecito, -decían las mujeres viejas-, es como ese Dios que está ahí en la Cruz. Tienes el cabello rubio, los ojos azules, la piel blanca: Es hijo de Santiago, es hijo de Dios y Dios es su padre y la niña es la virgen, una virgen de los nuestros y su hijo viene del cielo a salvar a los nuestros.

El Sacerdote guardaba silencio, pensaba y luego hablaba para explicar a los Indios que "eso" no era posible.

Los indios le rebatían:
-Es igual, también ella era virgen y pura; y ésta no tenía un prometido, como aquélla; ningún hombre la tocó antes que Santiago, y después de tocarla, sólo será de Santiago para siempre. Entre nosotros no se toca a la mujer de un dios.

Los Sacerdotes no sabían qué hacer. Se secreteaban ante la mirada de la gente y éstos esperaban, angustiados, de sus decisiones.
Ellos creían que la libertad de sus pueblos dependía de repetir el milagro de una Virgen que concibe pura, el hijo de un Dios poderoso, les daría el respeto y la libertad que habían perdido para siempre.

Los registros de hechos como éstos se repitieron durante la primer centuria de la conquista. Los sacerdotes tomaban a los hijos de las indígenas preñadas para evitar que un día se volvieran líderes de su pueblo y los condujeran hacia su liberación. Luego, buscaban a algún encomendero poderoso de la región para pedirle a cambio de su silencio, buenas limosnas para la manutención de su hijo al que volvían sirviente en los monasterios.

Los hijos de Santiago es un episodio de risa para quienes hoy podemos leer los anales del Archivo General de la Nación; pero debe haber sido un verdadero problema para los religiosos de aquella época, explicar a mentes inocentes, el porqué, de indios no podía nacer ningún dios aunque naciera de una virgen niña o puberta. Para nuestros ancestros indígenas, no resultó el devolverles el mito a sus evangelizadores como herramienta de respeto y libertad. Su cultura y sus dioses fueron satanizados desde el púlpito y desde las páginas de la historia. Sólo más allá del oscurantismo, cuando sus descendientes mestizos pudieron hurgar a través de esa mirada fanática y racista impregnada en sus escritos relatando lo que vieron al llegar a nuestras tierras, es que se ha podido recuperar un mínimo de lo que aún persiste al paso de los años, y cuyo asombro, no termina de impactar la conciencia de la humanidad de lo que aquí existió algún día.

Los Hijos de Santiago siguen extraviados entre dos mundos. Ojalá que un día vuelvan sobre sus pasos para retomar sus huellas y rehacer completamente su camino.